—A algo mejor, caballero —replicó el castellano—. Vengo a cumplir mi promesa.
Hoy no soy yo el que está en peligro, sino usted. Me corresponde devolverle un favor, que sin
duda apreciará.
—Explíquese mejor, Conde.
—Vengo a salvarle, señor.
—¿Salvarme?... —exclamó el Corsario, estupefacto—. ¿Y qué pasará con el duque?
Le hará a usted prisionero y le hará. ahorcar. ¿Ha pensado en ello, Conde?... Wan Guld no
bromea.
—El flamenco es fiero y astuto, caballero. Lo sé. Pero no se atreverá a inculparme. La
carabela es mía y la tripulación me es fiel. Sé que hago mal en liberarle en el momento en que
Gibraltar va a ser atacada por el Olonés. Pero soy un caballero y cumplo mis promesas. Si
más tarde el destino hace que nos encontremos en Gibraltar, usted cumplirá su deber de
corsario, yo el mío de español y nos batiremos como dos enemigos encarnizados.
—Como dos enemigos encarnizados no, Conde.
—Como dos caballeros, entonces, que militan bajo distintas banderas —dijo con
nobleza el castellano.
—De acuerdo, Conde.
—Huya, caballero. Aquí tiene un hacha para que corte los travesaños del ojo de buey,
y un par de puñales para que se defienda de las fieras, cuando esté en tierra. Una chalupa va a
remolque de la carabela. Corte su soga y reme hacia la costa. Ni el piloto ni yo veremos nada.
Adiós, caballero. Espero hallarle ante las murallas de Gibraltar y que crucemos nuestros
aceros,
El Conde cortó entonces las ligaduras del Corsario, le entregó las armas, le estrechó la
mano y desapareció escaleras arriba.
El Corsario se quedó perplejo un instante, sorprendido por la magnanimidad del
castellano, luego despertó a los filibusteros.
—¡Truenos! ¿Qué ha pasado, señor?
—¿No me diga que esto se debe al gobernador? —ironizó Carmaux
—Síganme en silencio —ordenó el Corsario.
Quitó a golpes de hacha dos travesaños del ojo de buey, dejando espacio suficiente
para que pasara un hombre.
—No se dejen sorprender —susurró a los filibusteros—. Si les interesa la vida, sean
prudentes.
Sigilosamente, uno a uno fueron dejándose caer al agua. Nadaron hasta la chalupa
atada a la popa por un gran cable. Cuando iban a tomar los remos, la cuerda cayó al mar,
cortada por una mano amiga.
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