En seguida volvió la espalda al Corsario y se dirigió a popa. El Conde de Lerma le
esperaba en la escalera.
—Señor duque —le preguntó—, ¿está usted resuelto a ahorcar al Corsario?
—Sí —respondió el viejo sin vacilar—. Es un corsario, un enemigo de España que ha
encabezado una expedición contra Maracaibo.
—Es un caballero valiente, señor duque. Es lamentable que muera un hombre como él.
—Es un enemigo, señor Conde.
—Aun así, yo no le mataría.
—¿Porqué?
—No olvide que se dice que la hija de usted ha sido capturada por los filibusteros de
las Tortugas.
—Es cierto —reconoció el duque, suspirando—. Pero la captura de la nave en que ella
viajaba no ha sido confirmada.
—Pero si la confirmasen, podría canjearla por el Corsario Negro.
—No, señor —contestó resuelto el viejo—. Con una buena suma siempre podré
rescatar a mi hija. Y eso, si es reconocida, cosa que dudo, pues se tomaron todas las
precauciones para que navegase de incógnito. Ya es hora de que esta larga lucha termine.
Señor Conde, ponga proa a Gibraltar.
El Conde de Lerma se inclinó sin contestar y se dirigió a proa.
Pero sólo a las cuatro de la tarde el barco estuvo en condiciones de zarpar. La
impaciencia roía al duque. El Conde le advirtió que no era posible navegar a gran velocidad
porque los innumerables bancos de arena lo impedían. Solo a las siete de la tarde, hora en que
el viento aumentó, el velero comenzó a moverse algo más rápido.
El Conde de Lerma, tras cenar con el duque, fue a tomar el timón y mantuvo una larga
conversación con el piloto. Parecía darle amplias instrucciones relacionadas con las
maniobras nocturnas para evitar los bajíos de Catatumbo, frente a Santa Rosa, localidad
pequeña a pocas horas de Gibraltar.
La misteriosa conversación duró hasta las diez de la noche. Después pareció que el
Conde se retiraba a descansar, pero, al amparo de la oscuridad, bajó sin ser visto por la
tripulación hasta la bodega.
—Y ahora —murmuró—, el Conde de Lerma pagará su deuda; después que pase lo
que sea.
Encendió una linterna sorda que llevaba en la manga de su bota y alumbró a los que
dormían.
—¿Usted, Conde? —dijo el Corsario—. ¿Viene a hacerme compañía?
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