Test Drive | Page 87

En seguida volvió la espalda al Corsario y se dirigió a popa. El Conde de Lerma le esperaba en la escalera. —Señor duque —le preguntó—, ¿está usted resuelto a ahorcar al Corsario? —Sí —respondió el viejo sin vacilar—. Es un corsario, un enemigo de España que ha encabezado una expedición contra Maracaibo. —Es un caballero valiente, señor duque. Es lamentable que muera un hombre como él. —Es un enemigo, señor Conde. —Aun así, yo no le mataría. —¿Porqué? —No olvide que se dice que la hija de usted ha sido capturada por los filibusteros de las Tortugas. —Es cierto —reconoció el duque, suspirando—. Pero la captura de la nave en que ella viajaba no ha sido confirmada. —Pero si la confirmasen, podría canjearla por el Corsario Negro. —No, señor —contestó resuelto el viejo—. Con una buena suma siempre podré rescatar a mi hija. Y eso, si es reconocida, cosa que dudo, pues se tomaron todas las precauciones para que navegase de incógnito. Ya es hora de que esta larga lucha termine. Señor Conde, ponga proa a Gibraltar. El Conde de Lerma se inclinó sin contestar y se dirigió a proa. Pero sólo a las cuatro de la tarde el barco estuvo en condiciones de zarpar. La impaciencia roía al duque. El Conde le advirtió que no era posible navegar a gran velocidad porque los innumerables bancos de arena lo impedían. Solo a las siete de la tarde, hora en que el viento aumentó, el velero comenzó a moverse algo más rápido. El Conde de Lerma, tras cenar con el duque, fue a tomar el timón y mantuvo una larga conversación con el piloto. Parecía darle amplias instrucciones relacionadas con las maniobras nocturnas para evitar los bajíos de Catatumbo, frente a Santa Rosa, localidad pequeña a pocas horas de Gibraltar. La misteriosa conversación duró hasta las diez de la noche. Después pareció que el Conde se retiraba a descansar, pero, al amparo de la oscuridad, bajó sin ser visto por la tripulación hasta la bodega. —Y ahora —murmuró—, el Conde de Lerma pagará su deuda; después que pase lo que sea. Encendió una linterna sorda que llevaba en la manga de su bota y alumbró a los que dormían. —¿Usted, Conde? —dijo el Corsario—. ¿Viene a hacerme compañía? Página 87