—Caballero, la suerte está de mi parte. Juré ahorcarle y mantendré la palabra.
—Los traidores tienen suerte en esta vida. Veremos en la otra —contestó el Corsario,
con supremo desprecio.
—Usted ha perdido la partida y pagará —dijo el viejo, fríamente.
—¿Qué espera? ¡Hágame ahorcar!
—Hubiera preferido hacerlo en Maracaibo. Pero haré que goce del espectáculo el
pueblo de Gibraltar.
—¡Miserable!...
—No le odio tanto como cree, pero es un testimonio peligroso de lo sucedido en
Flandes. Si yo no le matase, tarde o temprano lo haría usted conmigo. Sólo me defiendo de un
enemigo que no me ha dejado en paz.
—Entonces, hágame matar. La muerte no me asusta.
—Caballero, es usted un valiente y estoy seguro de que no me creerá si le digo que
estoy cansado de la tremenda lucha que ha emprendido contra mí. Si yo le dejara en libertad,
¿qué haría?
—Recomenzaría la lucha con mayor encarnizamiento para vengar a mis hermanos.
—Me obliga, entonces, a colgarle, tal como colgué al Corsario Rojo y al Corsario
Verde.
—Y como asesinó en Flandes a mi hermano mayor.
—¡Cállese!... —gritó el duque, con voz angustiada—. ¿Por qué reavivar el pasado?
Déjelo que duerma para siempre
—Suprima al último señor de Ventimiglia. Pero le advierto que con ello la lucha no
terminará. Otro de los míos, un hombre valeroso y audaz, recogerá mi juramento —sentenció
el Corsario.
—¿Quién será ése? —preguntó el duque, temeroso.
—El Olonés.
—También le colgaré.
—Pedro navega hacia Gibraltar. Dentro de unos pocos días caerá usted en sus manos.
—Que venga el Olonés y le daré su merecido.
Dirigiéndose luego hacia los marineros, les dijo:
—Conduzcan a los prisioneros a la bodega y vigílenlos atentamente. Ustedes se han
ganado el premio que prometí; lo recibirán en Gibraltar.
Página 86