—He querido ver otra vez a quien me perdonó la vida. Además, deseo serle útil al
Corsario Negro.
—¿Tú?
—Sí, yo. Cuando el gobernador supo que caí en manos de los filibusteros y que usted
no me hizo ahorcar en un árbol, me recompensó con veinticinco azotes. ¿Comprende usted?...
Hacerme apalear a mí, don Bartolomé de Barboza y de Camarga, descendiente de una de las
familias más nobles de Cataluña...
—Termina de una vez.
—Juré vengarme de ese flamenco que trata como perros a los soldados españoles, a
los nobles como si fueran esclavos indios. Pero al ver caer el fuerte, ese maldito ha huido.
—¿Huyó?... ¿No me engañas? Si mientes, te haré despellejar vivo.
—Estoy en sus manos —dijo el soldado.
—Entonces, habla. ¿Adónde ha huido Wan Guld?
—Al bosque. Quiere llegar a Gibraltar. Lleva siete hombres de línea y un capitán,
todos muy fieles. Van a caballo.
—Y los demás soldados, ¿dónde están?
—Se dispersaron.
—Bien —dijo el Corsario—, nosotros seguiremos a Wan Guld. El que vaya a caballo
no le servirá de nada en el bosque.
En seguida, tomó papel y tinta de un escritorio y escribió apresuradamente:
Querido Pedro
Sigo a Wan Guld por la selva con Carmaux, Wan Stiller y el africano. Utiliza mi nave
y mis hombres. Cuando termines el saqueo, anda a buscarme a Gibraltar. Allí encontrarás
tesoros mucho mayores que aquí.
El Corsario Negro.
Después de entregar la carta a un contramaestre y dejar en libertad a los filibusteros
que lo seguían, se internó en el bosque con Carmaux, Wan Stiller, el africano y el prisionero.
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