—Perderemos demasiados hombres —expuso el Olonés—. Tenemos que hallar una
forma para abrir una brecha o nos harán pedazos.
—Sólo hay una —contestó el Corsario.
—Explícate.
—Hacer estallar una mina en la base de los bastiones.
—¿Y quién se atreverá a afrontar ese peligro?
—Yo —dijo una voz detrás de ellos.
Era Carmaux, seguido por su amigo Wan Stiller y el compadre negro.
—¿Eres tú, bandido? —preguntó el Corsario—. ¿Por qué estás aquí?
—Lo seguí, comandante. Como me ha perdonado, no temo que me haga fusilar.
—No te haré fusilar, pero harás estallar la mina.
—Obedezco, comandante. En un cuarto de hora tendrá la brecha.
—Espero volver a verte con vida —dijo el Corsario, conmovido.
—Gracias por su buen deseo, comandante —repuso Carmaux, y se alejó rápidamente.
Los bucaneros y los filibusteros seguían avanzando por entre los árboles. El fuerte era
un cráter en erupción. De pronto, se oyó en la cima una explosión formidable, que repercutió
largamente en el bosque y el mar. A un costado del fuerte se vio aparecer una gigantesca
llama y una lluvia de escombros cayó sobre los árboles, golpeando y matando a no pocos de
los atacantes.
—¡Al ataque, hombres de mar! —se oyó la voz metálica del Corsario.
Los doscientos cincuenta hombres que defendían las fortificaciones se vieron
impotentes para resistir el empuje. Muchos cayeron masacrados en sus puestos y otros fueron
perseguidos sin cuartel por entre las ruinas de la colina.
El Corsario Negro hizo arriar la bandera de España y entró en la desierta Maracaibo.
Sus hombres, mujeres y niños habían huido a los bosques, llevándose consigo los objetos de
más valor.
Cuando el Corsario llegó al palacio de Wan Guld, lo encontró tan desierto como la
ciudad. Carmaux, ennegrecido por la pólvora, con la ropa hecha pedazos y la cara
ensangrentada encabezó un piquete para registrar el palacio y buscar a Wan Guld. Al poco
rato apareció Wan Stiller y Carmaux arrastrando a un soldado español, alto y flaco como un
clavo.
—Comandante, ¿lo reconoce? —gritó Carmaux, mostrándoselo al Corsario.
—¿Tú, otra vez? —exclamó éste.
Página 62