El Corsario Negro se lanzó fuera de la cámara gritando:
—¡Amanece!
La joven flamenca no hizo gesto alguno para retenerlo. Se tapó el rostro con ambas
manos, en un gesto desesperado, y cayó sobre la alfombra, como fulminada por un rayo.
CAPÍTULO 6
EL ASALTO A MARACAIBO
El navío del Olonés, a dos millas de Maracaibo, había lanzado el primer cañonazo.
Con increíble rapidez, todas las chalupas de los diez barcos habían sido arriadas, y los
bucaneros y filibusteros de desembarco se apresuraban llevando consigo sus fusiles y espadas
de abordaje.
Cuando el Corsario Negro apareció en el puente, Morgan ya había hecho bajar una
sesentena de selectos hombres a los botes.
—¡Comandante, no podemos perder ni un instante!
Estaba aclarando. El Corsario saltó a la chalupa más grande, que llevaba treinta
hombres armados.
Los botes se dirigían rápidamente hacia una playa boscosa, elevada como una pequeña
colina donde se levantaba el fuerte defendido por dieciséis grandes cañones.
Los españoles, alarmados por el primer cañonazo, enviaban apresuradamente
batallones al pie de la colina para cerrar el paso a los filibusteros y abrir fuego graneado con
su artillería.
Las naves corsarias se habían puesto a resguardo de los cañones del fuerte y sólo El
Rayo, capitaneado por Morgan, cubría el desembarco con sus dos cañones de caza.
A pesar del intenso cañoneo, las primeras chalupas tardaron quince minutos en llegar.
Los filibusteros saltaron a tierra y bajo las órdenes de sus jefes se abalanzaron en busca de los
batallones españoles.
Los cañones del fuerte tronaban con ruido ensordecedor, disparando proyectiles en
todas direcciones. Los árboles se rompían y caían al suelo, la metralla abría la tierra, pero
nada podía detener el empuje devastador de los filibusteros de La Tortuga.
—¡Al asalto del fuerte! —aulló el Olonés.
Alentados por el triunfal desembarco, los corsarios se lanzaron colina arriba. Sin
embargo, el Corsario y el Olonés, previendo una resistencia desesperada, se detuvieron para
cambiar ideas.
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