"Cuando llegamos a Flandes, las armas aliadas triunfaban, obligando a los españoles a
retroceder hacia Anvers. Pero un día nuestro regimiento, que había avanzado hasta la
desembocadura del Escalda, fue rodeado por un enemigo diez veces superior que atacaba para
reconquistar posiciones. No nos quedaba otra alternativa que morir o rendirnos. Como nadie
hablaba de rendición, juramos dejarnos sepultar antes que arriar la gloriosa bandera de los
valientes duques de Saboya.
"Al mando del regimiento, Luis XIV había puesto a un viejo duque flamenco, que se
decía era un experimentado y valeroso guerrero. Él dirigía la defensa. Durante quince días y
quince noches los asaltos se sucedieron con gravísimas pérdidas para los españoles, que no
podían conquistar el viejo fuerte donde nos habíamos fortificado. Mi hermano mayor, con su
gallardía, valor y destreza en las armas, era el alma de la defensa. Esto hizo nacer una sorda
envidia en el corazón del comandante flamenco, que tendría fatales consecuencias para
nosotros.
"Olvidándose de nuestro juramento, pactó en secreto con los españoles. El precio de la
traición fue una fuerte suma de dinero y un cargo de gobernador en una colonia española en
América. Una noche, acompañado por algunos flamencos, abrió una de las trincheras y dejó
pasar al enemigo, que se había acercado furtivamente al fuerte. Mi hermano, al darse cuenta
de la situación, dio la alarma; pero el traidor, que lo esperaba oculto, lo mató y el enemigo
entró en la ciudadela. Combatimos metro a metro, pero todo fue en vano. La fortaleza cayó y
unos pocos sobrevivientes nos retiramos a Courtray. Dígame, señora, ¿habría perdonado a ese
hombre?"
—No —contestó la duquesa.
—Tampoco nosotros lo perdonamos. Juramos matar al traidor y vengar a nuestro
hermano. Supimos que estaba en América y nos hicimos corsarios. El Corsario Verde, más
impetuoso y menos experto, cayó en poder de nuestro mortal enemigo y fue ahorcado como
un vulgar ladrón. Después tentó suerte el Corsario Rojo, pero no le fue mejor. Mis dos
hermanos, cuyos cuerpos sustraje de las horcas, reposan en el fondo del mar esperando mi
venganza.
—¿Qué hará con ese hombre?
—¡Lo ahorcaré, señora! —repuso duramente el Corsario—. Y luego acabaré con todos
los que tengan su apellido.
—¿Cuál es su apellido? —inquirió la joven, angustiada.
—¿Le interesa saberlo?...
—No sé —dijo ella con voz quebrada—. En mi juventud creo haber oído contar una
historia parecida de boca de algunos hombres de armas que servían a mi padre.
—No es posible —dijo el Corsario—. Jamás ha estado usted en Piamonte.
—No, jamás. Por favor, dígame su apellido.
—Es el duque Wan Guld...
Un cañonazo retumbó entonces sobre el mar.
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