—Ahora me contará, señora —dijo—, por obra de qué milagro está aquí.
—Se lo diré, caballero, si me promete perdonar a mis cómplices.
—¿Cómplices? ¡Ah, sí! Entiendo. Quienes han desobedecido mis órdenes para darme
esta deliciosa sorpresa están perdonados. Ahora puede decirme, señora, quiénes son.
—Wan Stiller, Carmaux y el negro.
—¡Debí sospecharlo!... ¿Cómo ha logrado su cooperación?... Los filibusteros que
desobedecen las órdenes de sus jefes son fusilados.
—Estaban convencidos de no desagradar a su comandante. Se habían dado cuenta de
que usted me amaba en secreto.
—¡Cuánto cariño hay en estos rudos hombres!... Desafían la muerte por la felicidad de
sus jefes. Y, sin embargo..., quién sabe cuánto puede durar la felicidad —agregó con acento
triste.
—¿Por qué, caballero? —preguntó la joven, inquieta.
—Porque dentro de un par de horas el amanecer me obligará a dejarla.
—¿Tan luego?... ¡Apenas nos hemos visto!... —exclamó la joven, sorprendida.
—Cuando despunte el sol en el horizonte me lanzaré al frente de seiscientos hombres
contra los fuertes que protegen a mi mortal enemigo.
—¡Volverá a desafiar la muerte!... —exclamó la duquesa, aterrorizada.
—Señora, la vida de los hombres está en las manos de Dios.
—Deberá jurarme que será prudente.
—Desde hace dos años sólo vivo para castigar a un infame.
—¿Pero qué ha hecho ese hombre para que lo odie así?
—Me ha matado a tres hermanos y