—Sí, junto a los bucaneros del Olonés. La escuadra bombardeará las fortificaciones de
la costa y nosotros atacaremos por tierra. Así impediremos que el gobernador pueda huir a
Gibraltar. ¡Que estén listas las chalupas de desembarco!
—Está bien, señor.
—Bajo un momento a ponerme la coraza de combate. También yo estaré en el puente.
Abría la puerta de su camarote, cuando un delicado perfume, que ya conocía, le llegó
de pronto.
—¡Qué extraño! —exclamó asombrado—. Si no estuviera seguro de haber dejado a la
flamenca en La Tortuga, juraría que está aquí.
Miró a su alrededor, pero la oscuridad era total. Sin embargo, le pareció ver en un
rincón una figura blanca, inmóvil, apoyada contra una de las amplias ventanas que daban al
mar.
El Corsario era valiente, pero supersticioso, como todos los hombres de su época. Al
percibir la sombra, se llenó de un sudor frío y su primer pensamiento fue para el alma del
Corsario Rojo. Pero, sobreponiéndose a esa debilidad, empuñó una daga y avanzó:
—¿Quién vive? ¡Hable o le mato!
—Soy yo, caballero —respondió una voz suave, que estremeció el corazón del
Corsario.
—¡Usted aquí!... ¿Acaso estoy soñando?
—No, caballero.
El Corsario soltó la daga y avanzó con los brazos extendidos hacia la duquesa,
mientras sus labios rozaban los encajes del alto cuello.
—¿De dónde salió usted? —preguntó, trémulo—. ¿Cómo abordó mi nave?
—No lo sé... —repuso turbada la duquesa.
—¡Hable, señora!
—Pues... he querido seguirle.
—Entonces ¿me ama? ¿Sí, señora?...
—Sí —susurró ella con un hilo de voz.
—¡Gracias!... Ahora puedo desafiar la muerte sin temor.
El Corsario sacó un pedazo de yesca y una cerilla, y encendió un candelabro que puso
en un lugar donde la luz no se proyectara al mar. Se miraron en silencio unos instantes,
asombrados de aquella confesión de recíproco amor. Ella se veía hermosa con su abrigo
blanco adornado de encajes y el Corsario estaba radiante de felicidad. Él la hizo sentarse cerca
del candelabro.
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