Test Drive | Page 56

El Corsario Negro no pudo esconder su alegría, pero cambió presto y se puso muy serio. —Es imposible... —dijo con firmeza. —¿Acaso os molestaría? —No, pero no está permitido a los filibusteros, cuando emprenden una expedición, llevar ninguna mujer. Es cierto que El Rayo es mío y que soy patrón absoluto a bordo y no tengo que dar cuenta a nadie, pero... —Continuad —dijo la duquesa, muy triste. —No sabría explicaros la causa, señora, pero tengo miedo de volveros a ver a bordo de mi nave. ¿Será el presentimiento de una desgracia que no puedo prever? ¿O algo peor?... ¿Veis? Me habéis hecho esa pregunta y mi corazón, en vez de alegrarse, ha sufrido una punzada... Miradme: ¿no me veis más pálido que de costumbre? —Es cierto —exclamó la duquesa, asustada—. ¡Dios mío!... ¡Que esta expedición no os sea fatal! —¿Quién puede leer el porvenir?... Señora, dejadme partir. En este momento sufro sin poder adivinar la causa. Adiós, señora; si tuviese que hundirme con mi barco en las profundidades del Gran Golfo o morir en la brecha con una bala o una puñalada en el pecho, no olvidéis demasiado pronto al Corsario Negro. Después de decir esas palabras, salió con paso rápido, sin volverse, como si tuviera miedo de quedarse allí todavía, y luego de atravesar el jardín y el zaguán penetró en el bosque para dirigirse a la casa del Olonés. CAPITULO 5 EL ODIO DEL CORSARIO NEGRO A la mañana siguiente, con la primera luz del día y la marea alta, entre el redoble de los tambores, el sonido de los pífanos, los tiros al aire de los bucaneros de La Tortuga y los ¡hurra! estrepitosos de los filibusteros de las naves ancladas, la expedición abandonaba el puerto, bajo las órdenes del Corsario Negro, del Olonés y de Miguel, el Vasco. Se componía de ocho naves grandes y pequeñas, armadas con ochenta y seis cañones, de los cuales dieciséis se encontraban en el barco del Olonés y doce en El Rayo, con una tripulación de seiscientos cincuenta hombres entre filibusteros y bucaneros. El Rayo, por ser el velero más raudo, navegaba a la cabeza de la escuadra, sirviendo de explorador. Al tope del palo maestro flameaba la bandera negra a franjas de oro del comandante y en la cima del trinquete la gran cinta roja de las naves de guerra; detrás, en doble fila, venían los otros barcos, conservando la distancia necesaria para poder maniobrar sin peligro. Página 56