—No os lo puedo decir, señora; son secretos de la filibustería. No debo olvidar que
vos, hasta hace pocos días, erais huésped de los españoles de Veracruz y tenéis amigos
también en Maracaibo.
—La frente de la joven se ensombreció y miró al Corsario con ojos tristes:
—¿Desconfiáis de mí? —le preguntó con tono de dulce reproche.
—No, señora. Dios me libre de sospechar de vos, pero debo obediencia a las leyes de
la filibustería.
—Me hubiera dolido mucho que el Corsario Negro dudara de mí. Lo conocí en todo
momento leal y caballero.
—¡Gracias por vuestra opinión, señora!
Se puso el sombrero, tomó la espada, pero era evidente que le costaba decidirse a
partir. Permanecía de pie frente a la joven con los ojos fijos en ella y su rostro melancólico.
—Creo que deseáis decirme algo, ¿verdad, caballero? —preguntó la duquesa.
—Sí, señora.
—¿Es algo grave, que os preocupe?
—Talvez.
—Hablad, por favor, caballero.
—Deseo preguntaros si, durante mi ausencia, abandonaréis la isla.
—¿Y si lo hiciese...?
—Lamentaría mucho, señora, no encontraros a mi regreso.
—¿Sí?... ¿Puedo preguntar por qué, caballero? —inquirió ella sonriendo y
enrojeciendo a la vez.
—No sé por qué, pero me sentiría muy feliz si pudiera pasar otra noche como ésta,
cenando a vuestro lado. Me compensaría de grandes sufrimientos que desde los lejanos países
de ultramar arrastré conmigo a estas aguas americanas.
—Pues bien, caballero, si lamentaríais no encontrarme, os confieso que yo también me
sentiría muy triste si no volviese a ver al Corsario Negro —dijo la joven duquesa bajando la
cabeza.
—Entonces, ¿me esperaréis?... —inquirió impetuosamente el Corsario.
—Haré más que eso, si me lo permitís.
—Hablad, señora.
—Os pediré hospitalidad, una vez más, a bordo de vuestra nave.
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