Test Drive | Page 54

informaba sobre los usos y costumbres de los filibusteros y de los bucaneros, le hablaba de sus prodigiosas fiestas, de sus extraordinarias aventuras, le narraba batallas, abordajes, naufragios, pero sin hacer la menor mención referente al viaje que habría de emprender en compañía del Olonés y del Vasco. La joven flamenca lo escuchaba sonriendo y admiraba su espíritu, su locuacidad nada frecuente y su amabilidad, aunque parecía preocupada como si un pensamiento la asediara o una invencible curiosidad, ya que al responderle volvía siempre al tema del viaje a emprender. Las tinieblas habían caído dos horas antes y la luna brillaba entre los claros de la fronda, cuando el Corsario se levantó. Sólo en ese instante se acordó del Olonés y del Vasco que lo esperaban, y de que antes del alba habría de completar la tripulación de El Rayo —¡El tiempo vuela a vuestro lado, señora! —le dijo—. ¿Qué embrujo misterioso poseéis para hacerme olvidar las graves obligaciones que debo cumplir?... Creía que eran apenas las ocho y son las diez. —Ha sido el placer de descansar un instante en vuestra propia casa después de tantas incursiones por el mar, caballero —contestó la duquesa. —¿No serán, más bien, vuestros bellísimos ojos y vuestra encantadora compañía? —En ese caso, caballero, es vuestra persona la que me ha hecho pasar horas deliciosas... y... ¡quién sabe si podremos volver a gozarlas juntos, en este poético jardín, lejos del mar y de los hombres!... —agregó con profunda amargura. —¡La guerra mata y la fortuna prot ege! —¡La guerra!... ¿y no contáis el mar? No siempre El Rayo podrá vencer los huracanes del Gran Golfo. —Mi nave no teme a la tempestad cuando yo la guío. —¿Habéis decidido volver pronto al mar? —Mañana al alba, señora. —No acabáis de desembarcar y ya pensáis en huir; se diría que teméis a la tierra. —Amo el mar, duquesa. Además, no será quedándome aquí que podré encontrar a mi mortal enemigo. —¡Vuestro pensamiento está siempre fijo en él! —Siempre, y sólo se extinguirá con mi vida. —¿Es para combatir contra él que partís? —Sin duda. —¿Y vais a...? —inquirió la joven con una angustia que no pasó inadvertida para el Corsario. Página 54