Test Drive | Page 53

—¡Ah...! ¿Sois vos, caballero? —exclamó alegremente, y con una graciosa inclinación, mientras el Corsario se quitaba el sombrero, agregó: —Os esperaba... Mirad: la mesa está preparada para cenar. —¿Me esperabais, Honorata? —preguntó el Corsario, besando la mano que ella le tendía. —Lo estáis viendo, caballero. Hay un trozo de manatís, aves asadas y pescado, que sólo esperan que les hagáis los honores. Yo misma he vigilado su preparación. —¿Vos, duquesa? —¿De qué os asombráis?.. Las mujeres flamencas acostumbran preparar ellas mismas la comida para sus huéspedes y sus maridos. —¿Y vos me esperabais? —Sí, caballero. —Sin embargo, no os había advertido que tendría la inefable dicha de cenar con vos. —Es cierto, pero el corazón de la mujer adivina a veces la intención del hombre y mi corazón me dijo que vendríais esta noche —agregó ella, sonrojándose otra vez. —Señora —dijo el Corsario—, la verdad es que un amigo me invitó a cenar. Pero ¿creéis que pueda renunciar a vuestra exquisita hospitalidad? Quizá sea la única vez. —¿Qué estáis diciendo, caballero? —inquirió la joven, estremeciéndose—. ¿Acaso el Corsario Negro tiene prisa por retornar al mar?... ¿Apenas ha puesto pie en tierra de regreso de una audaz expedición y quiere ya correr en busca de nuevas aventuras?... ¿No sabe que en el mar puede esperarlo la muerte? —Lo sé, señora, pero el destino me empuja lejos y obedezco. —¿Nada puede deteneros?... —preguntó ella con voz trémula. —Nada. —¿Ningún afecto? —No. —¿Ni siquiera la amistad? —preguntó la joven, cada vez más ansiosa. El Corsario, nuevamente sombrío, iba a contestar con otra negativa, pero se contuvo, y ofreciendo una silla a la joven, dijo: —Sentaos, señora, la cena se enfría y lamentaría no hacer honor a esta comida preparada por vuestras hermosas manos. Se sentaron uno frente al otro y las dos mestizas comenzaron a servir. El Corsario estaba amabilísimo; mientras comía hablaba con entusiasmo, y su conversación era espiritual y cortés. Trataba a la joven duquesa con la gentileza de un perfecto hombre de mundo, la Página 53