Entró por un zaguán adornado con tiestos floridos que exhalaban delicado perfume, y
salió del otro lado de la casa, al amplio jardín rodeado por una cerca alta y sólida imposible de
escalar.
Si la casa. era graciosa, el jardín era muy pintoresco; hermosos senderos que los
plátanos sombreaban prodigando su delicada frescura y ofreciendo su carga de frutas
brillantes en forma de enormes racimos, se abrían en todas direcciones, dividiendo el terreno
en canteros, en los que crecían espléndidas flores tropicales.
En los ángulos se levantaban maravillosas perseas que producen una fruta verde del
tamaño de un limón y cuya pulpa servida con azúcar y jerez es riquísima; pasifloras, que dan
una fruta exquisita, del tamaño de un huevo de pat o, que contiene una sustancia gelatinosa de
exquisito sabor; graciosas cumarú de flores purpurinas de delicado perfume, y palmas oacuri
con sus almendras colosales, que alcanzan un tamaño de sesenta y hasta de ochenta
centímetros.
El Corsario tomó uno de ésos senderos y llegó, sin hacer ruido, a una especie de
glorieta formada por un gran calabacero como el que recubría la casa, bajo la espesa sombra
de un "yupati" del Orinoco, palma maravillosa cuyas hojas alcanzan el increíble largo de
quince pies, es decir, de más de once metros.
Rayos de luz brillaban por entre las hojas del calabacero y se oían juveniles risas.
El Corsario se detuvo a mirar: una mesa cubierta con albo mantel de encaje de Flandes
estaba tendida en aquel pintoresco lugar.
Ramos de flores perfumadas decoraban con gusto la mesa, dispuestos alrededor de dos
candelabros y de pirámides de frutas exquisitas: ananás, bananas, nueces de coco frescas, y
"aphunas", especie de melocotones muy grandes que se comen cocidos con agua y azúcar.
La joven duquesa disponía las flores y las frutas, ayudada por sus dos mestizas.
Llevaba un vestido de color azul como el cielo, con encajes de Bruselas, que daba
mayor realce al candor rosado de su piel y a su cabellera rubia recogida en una gruesa trenza
que le caía a la espalda. No usaba joyas, contra la costumbre de las hispanoamericanas, entre
las cuales sin duda había vivido mucho tiempo; sólo una doble fila de hermosas perlas
cerradas con una esmeralda ceñía su cuello.
El Corsario Negro la contemplaba con ojos brillantes, su mirada no perdía ni uno de
sus movimientos. Parecía estar hechizado por esa belleza nórdica, ya que no se atrevía casi a
respirar, por temor de romper el encanto.
De pronto hizo un ademán, y su mano golpeó las hojas de una pequeña palma que
crecía junto a la glorieta.
Al ruido, la joven flamenca se volvió y vio al Corsario. Un ligero sonrojo tiñó sus
mejillas y sus labios se abrieron en una sonrisa que dejaba ver sus pequeños dientes brillantes,
como las perlas que llevaba al cuello.
Página 52