Test Drive | Page 51

Pero el Corsario Negro, abstraído en sus pensamientos, no se detenía a contemplar aquella espléndida vegetación. Apuraba el paso, impaciente por llegar. Media hora después se detenía bruscamente al borde de una plantación de altas cañas, cuyo color amarillo rosado adquiría tonalidades de púrpura a los rayos del sol poniente. Las hojas largas caían hacia el suelo, apretadas alrededor de un fuste delicado que terminaba en un bellísimo penacho blanco adornado con una franja tenue cuyo colorido estaba entre cerúleo y rubio: era una plantación de caña de azúcar en plena madurez. El Corsario caminó al lado del cultivo durante un rato, luego penetró resueltamente entre las cañas y atravesó el terreno cultivado para detenerse, del otro lado, frente a una construcción muy graciosa que se levantaba entre un grupo de palmeras que la sombreaban por completo. Era una casa de dos plantas, semejante a las que se construyen en México; las paredes estaban pintadas de rojo, adornadas con mosaicos, y el techo formaba una gran terraza llena de tiestos con flores. Un enorme calabacero de largas y tupidas hojas que produce un fruto reluciente, color verde pálido y forma esférica, del tamaño de un melón, la cubría por completo, llegando a las ventanas y a la terraza. Ante la puerta, Moko, el coloso africano, estaba sentado fumando una vieja pipa que le había regalado su único amigo, el compadre blanco. El Corsario permaneció inmóvil un instante, mirando las ventanas y la terraza, luego hizo un gesto de impaciencia con la cabeza y se dirigió hacia el africano, quien, al verle, se levantó prestamente. —¿Dónde están Carmaux y Wan Stiller? —le preguntó.. —Fueron. al puerto, para saber si habíais ordenado algo, señor. —¿Qué hace la duquesa? —Está en el jardín. —¿Sola? —Con sus camareras y sus pajes —¿Qué hace? —Os está preparando la mesa —¿Para mí?... —pregunto el Corsario, cuya frente se aclaró de pronto como si un fuerte golpe de viento hubiese dispersado las nubes que la oscurecían. —Estaba segura de que vendríais a cenar con ella. —La verdad es que me están esperando en otro lugar, pero prefiero mi casa y su compañía a la de los filibusteros —murmuró. Página 51