La casa del Olonés —una sencilla casa de madera a la usanza de las Antillas— estaba
en el linde del bosque, a media milla de la ciudadela. Ya en su interior, ambos hombres se
sentaron en sillones de bambú y descorcharon varias botellas de vino español.
—A tu salud, caballero, y a los ojos de tu dama —brindó el Olonés, chocando los
vasos.
—Prefiero que bebamos por el éxito de nuestra expedición —repuso el Corsario.
—Será un éxito, amigo. Dime, ¿tú conoces a Wan Guld?
—Lo conozco mejor que a los españoles que sirve.
—¿Qué clase de hombre es?
—Un viejo soldado que peleó largamente en Flandes y que lleva uno de los apellidos
más ilustres de la nobleza flamenca. Fue un gran conductor de ejércitos y habría ganado
muchos otros títulos si el oro español no lo hubiera hecho traidor.
—¿Es viejo? —preguntó el Olonés.
—Debe tener unos cincuenta años. Es un zorro astuto.
—En Maracaibo, entonces, nos espera una resistencia terrible.
—Nuestros hombres, Pedro, tienen un valor insuperable. ¿Cuándo partimos?
—Mañana al alba.
—Me quedaré en tu casa; he cedido la mía a la duquesa.
—Es una alegría inesperada. Prepararemos mejor la expedición, junto con el Vasco,
que vendrá a comer.
—Gracias, Pedro —repuso el Corsario, y se levantó dirigiéndose a la puerta.
—¿Ya te vas?... —le preguntó el Olonés.
—Sí, tengo algo que hacer. Pero dentro de unas horas estaré de vuelta.
—Adiós. No te dejes hechizar por la flamenca.
El Corsario ya estaba lejos. Había tomado otro sendero, avanzando por el bosque que
se extendía detrás de la ciudadela y cubría buena parte de la isla. Soberbias palmas llamadas
maximilianas, gigantescas mauritias de grandes hojas recortadas en forma de abanico,
entrecruzaban su fronda con la de las bosnelías de hoja rígida como de metal.
Debajo de esos colosos, las palmas crecían en profusión, sin necesidad de cultivo, los
agaves preciosos que dan un líquido picante y dulzón, conocido en las orillas del Golfo de
México como aguamiel y mezcal cuando está fermentado, las vainillas selváticas y los largos
pimenteros.
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