—Me gasté ya todo lo que obtuve en la expedición a Los Cayos.
—Por mi parte, puedes contar con diez mil piastras.
—¡Por las arenas de Olón!...
—Te habría dado más, pero esta mañana tuve que pagar un fuerte rescate.
—¿Un rescate, tú?
—Sí, por una gran dama que cayó en mis manos. El dinero del rescate le correspondía
a mi tripulación.
—¿Una española?
—No, una duquesa flamenca emparentada con el gobernador de Veracruz.
—¡Flamenca! Igual que tu mortal enemigo —reflexionó con tristeza el Olonés.
—¿Qué quieres sugerir? —preguntó el Corsario, palideciendo.
—Qué podría estar emparentada con Wan Guld.
—¡Dios no lo quiera! —murmuró el Corsario, en un susurro.
—Y si así fuera, ¿por qué iba a importarte?
—He jurado exterminar a todos los Wan Guld, y también a sus parientes.
—Bueno, la matas y santas paces.
—¡Oh, no! —exclamó el Corsario, aterrorizado.
—¡Por las arenas de Olón!... Estás enamorado de tu