—Comandante —dijo éste, entrando—, Pedro Nau le espera en su casa. Le tiene
importantes noticias.
El Corsario se volvió hacia la joven:
—Señora, permítame que le ofrezca la hospitalidad de mi casa y que ponga a su
disposición a Moko, a Carmaux y a Wan Stiller. Ellos la conducirán hasta allá y quedarán a
sus órdenes.
—Caballero..., por favor, una palabra... —balbuceó la duquesa.
—Sí, la comprendo a usted. Pero del rescate hablaremos luego.
Y sin más, salió y atravesó apresuradamente la cubierta, descendiendo a la chalupa
que le esperaba. Saltó a tierra y pronto se internó pensativo en un bosque de palmeras.
—¡Ah!, el tétrico filibustero oculto en el bosque.
—¡Eres tú, Pedro! —dijo el Corsario, volviéndose.
—Soy el Olonés, el mismo que viste y calza.
Era el famoso filibustero, el más despiadado enemigo de los españoles, que terminaría
su fugaz carrera bajo los dientes de los antropófagos. Natural de Olón, había sido marinero
contrabandista en las costas de España. Sorprendido por los aduaneros, perdió su barco, su
hermano fue muerto a balazos y él, gravemente herido. Curado, pero en la más espantosa
miseria, se vendió como esclavo para ayudar a su anciana madre.
Luego se enroló como bucanero esclavo; después, en las mismas condiciones, pasó a
ser filibustero. Como demostrara un coraje excepcional, obtuvo un pequeño barco que le
concedió el gobernador de La Tortuga.
Con este barco realizó audaces prodigios, ocasionando enormes daños a las colonias
españolas. Lo respaldaban los tres corsarios: el Negro, el Rojo y el Verde.
—Acompáñame a casa —dijo ahora el Olonés, después de estrechar la mano al
capitán de El Rayo—. Esperaba impaciente tu regreso.
—También yo estaba impaciente por verte. Estuve en Maracaibo.
—¿Tú?... —exclamó, asombrado, el Olonés.
—Preferí rescatar personalmente el cadáver de mi hermano.
—Ten cuidado. Tu audacia te puede costar la vida. Recuerda a tus hermanos.
—¡No hables de eso, Pedro! ¡Voy a vengarlos muy pronto!
—¡Y yo! Ya he hecho algo: preparé la expedición. Tengo ocho naves, incluyendo la
tuya, y cuento con seiscientos hombres, entre filibusteros y bucaneros. Nosotros
capitanearemos a los primeros y Miguel, el Vasco, a los otros.
—¿Necesitas dinero? —preguntó el Corsario.
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