Cuando la nave ancló, los corsarios interrumpieron su banquete, sus bailes y sus
juegos, la alegría de ver llegar al Corsario Negro se ensombreció por la bandera a media asta
de El Rayo.
El caballero de Roccanera, que lo había visto todo desde el puente, llamó a Morgan.
—Comuníqueles que el Corsario Rojo ha tenido honrosa sepultura y que su hermano
prepara la venganza que... —se interrumpió para agregar—: Díganle al Olonés que quiero
hablar con él; luego, preséntele mis saludos al gobernador, al que también visitaré más tarde.
Media hora después, cuando ya habían terminado las labores de amarre, el Corsario
bajó al camarote donde se encontraba la joven flamenca preparada para desembarcar.
—Señora, una chalupa la llevará a tierra.
—Soy su prisionera, caballero, y no me opondré a usted.
No es mi prisionera, señora.
—¿Por qué? Todavía no he pagado mi rescate.
—Ya fue recibido en la caja de la tripulación.
—¿Quién lo pagó? —preguntó la joven, sorprendida—. Todavía no he comunicado mi
situación al marqués de Heredia ni al gobernador de Maracaibo. ¿Acaso ha sido usted?
—Y bien, ¿si hubiera sido yo?... —preguntó el Corsario, mirándola a los ojos.
—Es una generosidad que no creía encontrar entre los filibusteros de la Tortuga, pero
que no me sorprende en el caballero de Roccanera, señor de Ventimiglia. Sólo le ruego
decirme en cuánto fue fijado mi rescate.
—¿Está usted ansiosa por abandonar La Tortuga?
—Se equivoca usted. Cuando llegue el momento, lamentaré abandonar la isla. Le
guardaré vivo agradecimiento y jamás le olvidaré.
¡Señora! —exclamó el Corsario con los ojos iluminados, y avanzó hacia ella, pero se
contuvo.
Empezó a pasearse por la habitación. Bruscamente preguntó a la joven:
—¿Conoce usted al gobernador de Maracaibo?
La duquesa se estremeció al oírle. En sus ojos se veía una gran ansiedad.
—Sí —respondió, con un hilo de voz.
—¿Qué le sucede, señora? —preguntó el Corsario, sorprendido—. Está usted pálida e
inquieta.
—¿Por qué esa pregunta? —insistió la joven, sin responder.
El Corsario iba a contestar cuando se oyeron los pasos de Morgan.
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