Se acercaban a las costas de Haití. A la luz de los rayos se veían los escollos contra los
que el barco podía destrozarse.
—¡Cambien la vela del trinquete! ¡Abajo los foques! ¡Listos para la virada!
Sin ceder, El Rayo absorbía las olas estremeciéndose entero. Cuando se inclinaba
mucho a babor o a estribor, el Corsario lo levantaba con un rápido golpe de barra.
Cuando amaneció, el viento había cambiado y El Rayo estaba frente al Cabo de Haití.
Apenas vio el faro del puerto, el Corsario, que estaba agotado, entregó la barra a Morgan y se
acercó a la joven.
—Sígame, señora. Estuve admirándola. Jamás había visto a una mujer afrontar tan
tranquila un peligro como el que pasamos.
Ella se sacudió sus vestimentas empapadas.
—Ya puedo contar —dijo— que he visto al Corsario Negro enfrentar a uno de los
huracanes más violentos que han azotado las Antillas.
—¡Cuánto siento, señora, que usted haya de ser una mujer fatal, según la gitana!
—¿Qué dice? —preguntó la joven, sorprendida—. ¿Acaso cree en supersticiones?
—¿Por qué no? Las predicciones de la gitana se han cumplido todas. —Señaló las
olas, agregando—: ¡Pregúnteselo a mis hermanos! ¡Eran valientes, jóvenes y fuertes! ¡Ahora
yacen en ese fondo! ¡La profecía se cumplió y también se cumplirá la mía!
Esbozó un movimiento de protesta, con los puños cerrados, y descendió a la cámara.
La joven quedó sorprendida ante aquellas palabras y gestos que no podía comprender.
Empujado por vientos favorables en un mar tranquilo, El Rayo se hallaba tres días
después a la altura de La Tortuga, el refugio de los filibusteros del Gran Golfo.
CAPÍTULO 4
SEGUROS EN LA TORTUGA
Cuando El Rayo ancló en el puerto seguro de La Tortuga, los filibusteros estaban en
plenos festejos. La mayoría de ellos habían obtenido un rico botín en correrías recientes por
las costas de Santo Domingo y de Cuba a las órdenes del Olonés y de Miguel, el Vasco.
Tigres en el mar, en tierra aquellos hombres eran los más alegres habitantes de las
Antillas y, cosa insólita, también los más corteses. A sus fiestas invitaban a todos los
infortunados prisioneros españoles por los que estaban pidiendo rescate. En todo momento
trataban de hacerles olvidar su triste condición. Triste, porque si el resc ate exigido no llegaba,
los filibusteros acostumbraban, entre otras artimañas, a mandar la cabeza de algún prisionero
para hacerlos decidir por los restantes.
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