—¿Para quién?
Sin responder, el Corsario hizo que la joven se retirara a una cámara. Luego examinó
el cielo, preocupado.
—¿Cómo capearía usted esta tormenta? —preguntó a Morgan.
—Refugiándome en Jamaica.
—Eso vale para el barco español. Pero El Rayo.... ¡Corten el cable de remolque!
Ordene a los del navío español que se refugien en Jamaica. Les esperaremos en las Tortugas.
Ambos barcos se separaron. El huracán se acercaba velozmente. El Corsario,
tranquilo, no parecía preocupado por las olas y el viento cada vez más furiosos.
—¡Dame la barra! —ordenó al timonel—. ¡Yo guiaré mi barco!
El atardecer se había ennegrecido de golpe. El mar y la lluvia bullían. El Rayo
navegaba casi sin velamen, luchando valerosamente contra el furioso oleaje. Todo estaba
saturado de electricidad.
El Corsario piloteaba su navío con mano firme. Las olas le bañaban el cuerpo, el
viento casi le arrancaba del timón, pero continuaba en su puesto sonriendo.
De pronto, un gesto de terror borró su sonrisa. Una mujer salía de la cámara y subía a
la toldilla. El viento huracanado batía su suelta cabellera.
—¡Señora! —gritó el Corsario—. ¡Vuelva a la cámara! ¡Aquí reina la muerte!
—¡No le temo!
—¡Váyase! ¡Es una orden!
La joven continuó sujeta a la baranda.
—¿Qué hace aquí? —gritó el Corsario.
—¡Vengo a ver al Corsario Negro!
—¿No se da cuenta de que las olas pueden sacarla del barco?
—¿Y a usted qué le importa?
—¡Me importa! ¡No quiero que muera!
La joven sonrió sin moverse de su sitio. Los ojos de ambos se encontraron, con la
misma expresión de esa mañana.
—¡No me mire así, señora! —gritó él, tras un violento bandazo—. ¡Estamos
jugándonos la vida!
La duquesa se tapó el rostro con las manos.
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