—¿Ordeno que la trasborden, señor, antes de que la tormenta lo impida?
Sin responder, el Corsario continuó paseándose. De pronto se detuvo.
—¿Cree usted que la fatalidad acompaña a ciertas mujeres? —preguntó bruscamente a
Morgan.
—No lo sé, señor —repuso éste, perplejo.
—¿Le daría a usted miedo amar a una mujer?
—¿Miedo? No le comprendo, señor.
El Corsario mostró a la joven, que seguía en el mismo sitio.
—¿Qué le parece?
—Una criatura muy bella.
—¿No le tendría miedo?
—¡No, desde luego!
—A mí sí me da miedo.
—¡Al valiente Corsario Negro! Usted bromea, señor.
—Me acusan —dijo el Corsario— de conocer el destino. Sucede que una gitana me
predijo que la primera mujer que amase me sería fatal.
—Supersticiones, comandante.
No. La misma gitana predijo que uno de mis hermanos moriría a traición en un
combate, y los otros en la horca. ¡Y no se equivocó!
—¿Y usted cómo moriría, mi comandante?
—En el mar, lejos de mi patria, a causa de la mujer amada.
Y acercándose a Carmaux, a Wan Stiller y a Morgan, ordenó:
—Bajen una chalupa y trasborden a la duquesa.
Morgan, a su vez, despachó a treinta filibusteros al barco español.
—¿Tenía algo urgente que comunicarme, caballero? —preguntó la joven en cuanto
estuvo ante el Corsario.
—Sí, señora. Es posible que apenas se desate el huracán debamos dejar su barco a su
suerte. Mi navío es seguro.
—Gracias, señor.
—¡No me las dé! ¡Mi decisión puede ser fatal para alguien!
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