Él hizo una venia. Seguida de la mulata, la joven bajó hasta la chalupa. Desde allí alzó
la vista y vio que el Corsario continuaba inmóvil, mirándola.
El Rayo navegaba lentamente hacia las costas de Cuba o de Santo Domingo, llevando
a remolque el barco español. Gracias a unos vientos favorables, al tercer día enfilaba la proa
hacia las costas meridionales de Cuba.
El Corsario salió de su cámara al oír el silbido que anunciaba tierra a la vista. Aún se
mantenía intranquilo, sin cambiar una palabra con nadie, ni siquiera con Morgan. Miró
abstraído las montañas de Jamaica, en el horizonte, y luego se fijó en la proa del barco
español, que navegaba a unos veinte metros.
Una sombra blanca se apoyaba en la amura. Era la duquesa, envuelta en un amplio
manto blanco y con los cabellos sueltos cayéndole dorados sobre la espalda. También ella
miraba el barco filibustero.
Sin saludar, el Corsario Negro clavó los ojos en los de la joven. La fascinación duró
casi un minuto. Pero el Corsario, como arrepentido de su debilidad, dio un paso hacia el
timonel.
La joven continuaba inmóvil, mirándole sin pestañear.
El Corsario siguió retrocediendo, hasta tropezar con Morgan.
—¿Miraba usted el sol, señor? —le preguntó éste.
—¿Qué pasa con el sol?
El comandante de El Rayo abrió los ojos, que había cerrado para no ver la figura de la
joven, y miró. El sol estaba poniéndose rojo.
—Se acerca un huracán —murmuró.
—Así parece, señor.
—Sí. Tendremos que abandonar nuestra presa. No podremos remolcarla.
—¿Me permite una sugerencia, señor? Envíe a la mitad de la tripulación al buque
español.
—Sí. No quiero que mis hombres pierdan lo ganado tan duramente.
—¿Dejará usted en aquel navío a la duquesa? Creo, con su permiso, comandante, que
estaría mejor a bordo de El Rayo.
—¿Acaso le importa si se ahoga? —repuso el Corsario, clavándole la vista.