Test Drive | Page 41

Durante la comida, apenas se habló. —Perdone, señora —dijo el Corsario cuando les trajeron los postres—, que haya estado tan silencioso. Al atardecer siento una tristeza que no puedo reprimir. Me atormentan negros recuerdos. —¿Tal cosa le sucede al corsario más valeroso que surca los mares? —preguntó ella con extrañeza—: ¡Me cuesta creerlo! —Observe usted mi traje... ¿No es fúnebre, señora? —Sí, usted viste de negro. En Veracruz se rumorean cosas sobre usted que aterran al más valiente. —¿Qué cosas, señora? —Se rumorea que el Corsario Negro ha navegado, junto con dos hermanos vestidos uno de verde y otro de rojo, para realizar una horrible venganza. El Corsario no dijo nada. Su frente se mantenía hosca. —Dicen también que usted está siempre triste. Y que, cuando hay tormenta en las Antillas, desafía al viento y al mar protegido por espíritus infernales... —¿Qué más dicen? —Que a sus hermanos los ahorcó un mortal enemigo de usted. Y que... —¡Continúe! —No me atrevo —dijo ella, inquieta. —¿Acaso le doy miedo? —No, pero... —poniéndose en pie, le preguntó—: ¿Es cierto que usted evoca a los muertos? A babor del barco estalló una enorme ola. El Corsario se levantó y se quedó mirando, pálido, a la joven. En sus ojos había una indisimulada emoción. Fue hacia la ventana. El mar brillaba, calmo, iluminado por la luna, pero a babor el agua arremetía contra el casco como impulsada por una fuerza misteriosa. El Corsario, mudo, observaba el mar. La duquesa se le había acercado, llena de un supersticioso espanto. —¿Qué ve usted, caballero? —susurró. —Me preguntaba —dijo él—, si los sepultados en el mar pueden volver a la superficie. Un escalofrío recorrió a la joven. —¿A qué muertos se refiere usted? Página 41