—Olvidaba, señor, que soy su prisionera.
—No mía; de mis hombres. Por mí, la desembarcaría en el puerto más cercano. Pero
no puedo violar la ley del mar.
—Gracias —sonrió—. Me pareció raro que un caballero de la nobleza europea se
convirtiera en ladrón.
—Tal vez llegue el día en que usted sepa, señora, por qué un noble europeo puede
hacerse filibustero en los mares de América. ¿Su nombre, repito?
—Honorata Willeman, duquesa de Weltendram.
—Bien, señora, baje a su cámara. Tenemos el triste deber de sepultar a los muertos. A
usted la espero esta tarde, en mi barco, para que coma conmigo.
—Gracias, caballero.
Le ofreció su mano, hizo una leve inclinación y salió. El Corsario se mantuvo inmóvil.
Miraba la puerta cerrada, con la frente sombría.
Los españoles habían perdido ciento sesenta hombres y cincuenta los filibusteros. La
enfermería de El Rayo estaba repleta de heridos.
Ambos barcos estaban averiados, pero el español no podía navegar con sus propios
medios. El Corsario hizo limpiar las toldillas y realizar las reparaciones urgentes, mientras se
arrojaban los cadáveres al mar envueltos en sacos y una bala de cañón como lastre.
El Rayo quedó unido al otro barco mediante una cuerda para remolcarlo. El Corsario
dio órdenes a Carmaux y al negro de que trajeran a la duquesa. Mientras ésta llegaba, se paseó
nervioso y sombrío de un lado a otro.
Tres veces se acercó a Morgan, como para ordenarle algo, pero no lo hizo. Había
salido la luna. De pronto se oyó llegar la chalupa.
La duquesita subió livianamente por la escala. Con el sombrero en la mano, el
Corsario la esperaba en la borda.
—Gracias por haber aceptado mi invitación, señora.
—Soy yo la agradecida por recibirme en su barco, pues soy su prisionera —repuso
afablemente la joven.
El Corsario le pidió que le siguiera, pero ella le detuvo:
—Caballero, ¿no le importa que haya traído a una de mis camareras?
—En absoluto, señora.
Le ofreció el brazo, la hizo entrar en el saloncito de la cámara y sentarse junto a su
camarera mulata. Él tomó asiento frente a ambas, mientras Moko servía la comida en vajilla
de plata.
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