—¡El dinero no me importa! Yo combato por motivos personales. Que mis hombres
fijen el rescate de la duquesa. Los gobernadores de Veracruz y de Maracaibo deberán pagar si
la quieren libre.
La puerta de la cámara se abrió y apareció una joven, seguida por dos camareras y dos
pajes. Todos estaban ricamente vestidos.
La joven era alta, de tez nacarada y sus cabellos, de oro trigo, estaban recogidos en
una larga trenza. Unos ojos grises iluminaban su lindo rostro.
Al ver la carnicería de la cubierta, la joven tuvo un gesto de espanto. Habló al Corsario
con altivez:
—¿Qué ha pasado, caballero?
—Un combate, señora. Un combate en el que ustedes perdieron.
—¿Quién es usted?
El Corsario Negro apartó su espada tinta en sangre y se quitó el sombrero.
—Emilio de Roccanera, señor de Ventimiglia. Pero se me conoce con otro nombre —
añadió.
—¿Cuál?
—El Corsario Negro.
Una mueca de terror recorrió el rostro de la joven.
—¡El Corsario Negro! ¡El enemigo de los españoles!
—Lucho contra ellos, pero no los odio. La prueba es que he dejado en libertad a los
sobrevivientes de su barco.
—Entonces, ¿mienten quienes aseguran que usted es sanguinario?
—Posiblemente.
—Y... ¿qué va usted a hacer conmigo, caballero?
—Yo preguntaré: ¿usted es española?
—Flamenca.
—Duquesa, ¿no es cierto?
—Cierto.
—Su nombre, por favor.
—¿Necesita saberlo?
—Sí, si quiere verse libre.
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