Test Drive | Page 38

—¡No! ¡El Corsario Negro vence, pero no asesina! —contraordenó a su comandante — ¡Ríndanse! ¡Yo les aseguro la vida a los valientes! Un contramaestre, el único oficial español que aún quedaba con vida, se adelantó, tirando su hacha de abordaje: —¡Somos sus prisioneros, señor! —Recoja su arma —dijo el Corsario—. Yo respeto a los valientes. Los sobrevivientes, unos dieciocho, estaban asombrados. No esperaban piedad de los filibusteros. —Morgan; haz botar una chalupa con agua y víveres. —¿Los dejo libres, señor? —Yo premio el valor. —Gracias, señor —dijo el contramaestre—. Nunca olvidaremos la generosidad del Corsario Negro. —¿De dónde venían ustedes? —De Veracruz. Navegábamos a Maracaibo. —¿De qué escuadra es este barco? —continuó el Corsario. —De la del almirante Toledo. —Están ustedes libres. —Y al ver que el contramaestre vacilaba, agregó—: Parece que usted quiere decirme algo más. —Hay más personas a bordo, señor. Mujeres y pajes. Están en la cámara de popa. —¿Quiénes son? —No lo sé, señor. Pero una de las mujeres es una dama importante; creo que una duquesa. —Es raro, en un barco de guerra. Bien, en La Tortuga mis hombres decidirán qué rescate tendrá que pagar por ella su familia. ¡A la chalupa, valientes! ¡Han hecho honor a su patria y a su bandera! El Corsario Negro les miró alejarse. —¡Demasiado valerosos para el traidor que los comanda! —murmuró sordamente—. ¡Morgan! Comunique a mis hombres que renuncio en su favor a la parte que me corresponde por la venta de este barco. —Pero, señor, ¡vale una fortuna! Página 38