Test Drive | Page 37

A mil pasos comenzó el cañoneo con furor. El barco de línea era un gran buque de tres puentes, altísimo de bordo y con catorce bocas de fuego; un barco de batalla, probablemente destacado por algún asunto urgente de la escuadra del almirante Toledo. Llevaba en el palo mayor el estandarte de España y se dirigía hacia El Rayo cañoneándolo de un modo terrible. Bastante más pequeño, el buque corsario apresuraba la marcha contestando con sus cañones de proa y en espera del momento oportuno para descargarle las doce piezas de sus costados. En el puente caía una espesísima lluvia de balas, que ya iba abriendo claros entre los filibusteros. Pese a ello, El Rayo se dirigía con audacia sin par al abordaje. A cuatrocientos metros, los fusileros fueron en ayuda de los cañones de proa y acribillaron la cubierta de la nave española. Los hombres de ésta caían por docenas a lo largo de las bordas; caían los artilleros y caían también los oficiales del puente de mando. Bastaron diez minutos para que ni uno solo quedara vivo. Incluso el comandante cayó en medio de su oficialidad. Pero quedaban aún los hombres de las baterías, más numerosos que los marineros de cubierta. Había que disputar la victoria final. El Rayo se apartó de pronto al impulso de un violento golpe de barra y fue a meter el bauprés por entre las escalas y el cordaje de mesana del barco enemigo. El Corsario saltó a la cubierta de la cámara, con la espada en la diestra y una pistola en la izquierda. —¡Hombres de mar! —gritó—. ¡Al abordaje! Al ver que su comandante y Morgan se abalanzaban sobre el barco enemigo, los filibusteros les siguieron empuñando sus pistolas