Las siete piezas de estribor y los dos cañones de proa de la cubierta vomitaron sobre el
barco corsario todos sus proyectiles. Las balas atravesaron velas, cordajes, se clavaron en el
casco, hundieron amuras, pero no detuvieron el empuje de El Rayo. Guiado por el brazo
robusto del Corsario Negro, éste cayó con todo su ímpetu sobre el gran barco. Por suerte para
él, un golpe de barra dada a tiempo por su piloto, le salvó de una catástrofe espantosa,
huyendo milagrosamente.
Fallado el golpe, el barco corsario prosiguió su carrera y desapareció entre las tinieblas
sin haber dado señal de su numerosa tripulación ni de su poderoso armamento.
—¡Relámpagos de Hamburgo! —exclamó Wan Stiller, conteniendo la respiración—.
¡Españoles, eso se llama tener suerte!
—No se han producido más que averías insignificantes.
—¡Calla, Carmaux!
El Corsario gritaba por el portavoz:
—¡Dispuestos para virar de bordo!
—¿Volvemos? —preguntó Wan Stiller.
—¡Por Baco! ¡Por lo visto, no quiere dejar marchar al barco español! —contestó
Carmaux.
—¡Y a mí me parece que éste tampoco tiene intenciones de irse!
Era verdad; el buque español viraba lentamente de bordo, presentando ahora el
espolón, para evitar una nueva embestida.
—Compañero, preparémonos para una lucha desesperada. Y como es costumbre entre
nosotros, los filibusteros, si me parte una bala de cañón o muero en el puente enemigo, te
nombro heredero de mi fortuna.
—¿Que asciende...? —dijo Wan Stiller, sonriendo.
—A dos esmeraldas de más o menos quinientas piastras que llevo cosidas en el forro
de mi chaqueta.
—Con eso me divierto una semana en las Tortugas. Yo también te nombro mi
heredero; pero te advierto que no tengo más de tres doblones cosidos en el cinturón.
—¡Basta para vaciar media docena de botellas de vino a tu memoria!
El Rayo, entretanto, continuaba su carrera en derredor del barco de línea, sin contestar
los cañonazos que de cuando en cuando éste le lanzaba sin éxito. Al amanecer, el Corsario,
que no había soltado la barra del timón, hizo clavar su bandera y dirigió derechamente su
barco contra el enemigo resuelto a abordarle.
—¡Hombres de mar! ¡Ya no les detengo más! ¡Vivan los filibusteros!
Tres vivas formidables le respondieron.
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