Un sollozo le quebró la voz. Se inclinó hacia la ventana y se quedó mirando el bullir
de las olas. Tal vez le parecía, en su desesperación, ver los cuerpos del Corsario Rojo y del
Corsario Verde.
Al cabo de unos minutos, se volvió hacia la joven, que estaba como paralizada. En su
rostro no había ningún gesto de dolor; volvía a ser el hombre del odio implacable.
—Prepárese para morir, señora —dijo con voz lúgubre—. Ruegue a Dios que mis
hermanos la amparen. La espero en el puente.
Cruzó el saloncito de la cámara y subió al puente de mando. Los tripulantes
continuaban inmóviles.
—Señor —ordenó el Corsario a Morgan—. Haga preparar una chalupa y que la bajen
al mar.
El segundo preguntó:
—¿Qué va a hacer, comandante?
—¡Mantener mi juramento!... La hija del traidor bajará a esa chalupa.
—¡Señor!...
—¡Silencio! ¡Mis hermanos me miran! ¡Obedezca! ¡En este barco manda el Corsario
Negro!...
Nadie había dado un paso para obedecer su orden. Aquella tripulación tan brava y
veloz en el combate, estaba clavada a las tablas del navío por un terror insuperable.
—¡Obedezcan, hombres de mar!... —gritó el Corsario, amenazante.
El contramaestre se adelantó y llamando a algunos hombres, ordenó arriar una canoa
en la que hizo poner víveres. Había comprendido qué pensaba hacer el Corsario con la
desdichada hija de Wan Guld.
Concluía la maniobra cuando se vio llegar a cubierta a la joven flamenca. Se cubría
con el mismo vestido blanco y sus cabellos rubios le caían sobre la espalda. La joven atravesó
la toldilla de la nave sin decir una palabra, erguida, resuelta, sin un traspiés. Cuando llegó
junto a la escala se volvió, miró largamente al enemigo de su padre, inmóvil en el puente de
mando, con los brazos cruzados sobre el pecho, y le hizo una seña de despedida con la mano.
Luego bajó livianamente la escala y saltó a la chalupa.
El contramaestre soltó la cuerda. El Corsario no hizo gesto alguno de contraorden. Un
grito escapó entonces de las gargantas de todos los tripulantes:
—¡Sálvela!...
El Corsario continuó inmóvil.
La chalupa se alejaba. De su proa emergía la blanca silueta de la joven, con los brazos
tendidos hacia El Rayo y los ojos fijos en el Corsario.
Página 100