Test Drive | Página 72

72 Introducción a la arquitectura. Conceptos fundamentales Se trata una intención más compleja, determinada por significados rituales, por sistemas de observación de los ciclos naturales, por intentos de sobreponer lo humano al caos natural. Se trata, así, de intenciones asociadas a cuestiones que se han ido diferenciando más tarde, con el transcurrir de los siglos. La evolución de la cultura arquitectónica se constituirá en el progresivo diferenciar las componentes iniciales de este gesto espontáneo de la criatura humana: la adquisición de la conciencia de las diferentes intenciones que lo componen. Desde que los asentamientos pueden recibir el nombre de urbanos, aproximadamente desde el 3500 aC en las cuencas fértiles de Oriente próximo, Mesopotamia, la costa oriental del Mediterráneo o Egipto, en el valle del Indo y en China, descubrimos una mayor complejidad de formas arquitectónicas, que diferencian los usos de la comunidad urbana, pero una precisión todavía mayor en la diferencia de una arquitectura monumental. En la ciudad, el gesto ha dejado de ser vago y se ha vuelto concreto: el monumento se afirma como la ocasión de poner en vigor otro tipo de voluntad arquitectónica. Todo en él está dirigido a sobresalir, a significar. El monumento sagrado de Mesopotamia, el zigurat, o los primeros monumentos funerarios o sagrados del Egipto Antiguo, como las grandes pirámides de Gizah, Keops, Kefren y Mikerinos, construidas a mediados del tercer milenio aC, se han hecho concretos en los valores de altura, geometría, orientación exacta con respecto al arco solar y a las figuras estelares, posición precisa en el paisaje y en la ciudad. Monumento, en sentido genérico, como artefacto arquitectónico que se hace cargo de esas intenciones todavía complejas pero ya concre- tas: tumbas, templos, palacios, murallas. Hay una larga historia que media entre los restos más antiguos edificados de una arquitectura monumental urbana y las construcciones más recientes y más refinadas de las civilizaciones antiguas. Entre la primera pirámide del rey Zoser y los últimos templos o tumbas del Imperio Nuevo egipcio hay más de mil años y están mediados por una compleja evolución. La aparición de sistemas de soportes y techumbres para los espacios cerrados de los templos, en Luxor y Karnak, la ordenación resaltada contra las informes rocas del desierto en el templo de la reina Hat-shep-sut, en Dei elBahari, construidos hacia el 1500 aC, los ritmos progresivamente complejos y la floración de inscripciones y ornamentos, las formas de los capiteles, nos describen un camino determinado por el tiempo que se dirige hacia un mayor refinamiento en la disposición y el orden, en los juegos de la superficie bajo la luz que sin duda se destina a los ojos que contemplan. Pero todavía en un orden antiguo, que se caracteriza por centrarse en una imagen global del propio mundo, el instinto de la monumentalidad se hace visible, claro, en virtud de estos valores que lo relacionan y vinculan con una concepción ordenada y estable del cosmos. Geometría, regularidad en la medida, orientación precisa respecto de los ciclos del espacio estelar. No hay, en los vestigios que nos han dejado estas primeras culturas urbanas, una conciencia del significado de la belleza, no hay una reflexión sobre aquello que proporciona placer a nuestros sentidos, ni siquiera una descripción de las razones de una arquitectura elevada hacia la altura, de exactitud geométrica, ritmada. Sólo la propia arquitectura, a través de sus restos, describe esas intenciones todavía entre- © Los autores, 2001; © Edicions UPC, 2001.