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Estética
es consecuencia de las transformaciones sentidas ya en la comprensión de las llamadas obras
de arte, entre ellas de la de arquitectura. Así,
la exploración autónoma de nuestra percepción
estética, de nuestros sentimientos frente a las
cosas bellas, se muestra como causa y consecuencia, al mismo tiempo, de los cambios de
mentalidad a los que había conducido la tradición cultural de Occidente en torno al siglo
XVIII.
La Estética que se despliega en el XVIII
tiene por objeto, por otro lado, interrogar, y por
tanto responder, a nuestra relación peculiar con
lo bello, antes que la de responder a la naturaleza
misma de la belleza.2 En esta intención toca una
multitud de cuerdas de sentido, las hace vibrar
y abre la posibilidad de cuestionar una serie de
problemas relacionados con la belleza y con el
hombre: la sensibilidad frente a las cosas bellas,
la relación entre las creaciones bellas y la naturaleza, la posibilidad y la capacidad de crear la
belleza, o de recrearla, las cualidades del creador, la finalidad de la belleza. Finalmente, la
apertura e independencia de la estética tiene
como consecuencia también la explosión del término central de belleza en multitud de fragmentos de sentido, que incluso la rebasan, como
será el de una belleza sublime. En general, los
procesos intensos de interrogación desbordan la
posibilidad de responderlos y revierten en una
amplificación útil de los problemas.
La apertura de este ámbito de interrogación que constituye la Estética tiene también
efectos retrospectivos y permite reconsiderar
desde una óptica común la arquitectura del
pasado, incluso la de aquellos tiempos que no
establecieron un marco específico de reflexión
autónoma sobre lo bello. La reflexión estética
permite mirar hacia el pasado con una nueva
perspectiva: la de considerar de manera nítida,
específica, la constante relación entre nosotros y
la belleza, nuestra necesidad de ella, nuestro instinto de multiplicarla en los interminables espejos de nuestras producciones, nuestro obstinado
instinto de construir lo bello en lo útil, en lo
necesario; o de repetir su destello en lo ocioso,
en lo ornamental, en lo incorpóreo.
La arquitectura y la belleza en la época de
una concepción global del mundo
Desde los primeros asentamientos humanos,
desde el momento en que arraiga el hombre en
la tierra y en el lugar, se puede iniciar el rastreo
de lo que antes que arquitectura debería ser llamado gesto arquitectónico. En un sentido muy
amplio, ese gesto tiende a rebasar la utilidad de la
cueva, de la cabaña, y a trazar en el espacio natural signos de diferencia aportados por la mano
humana. Señalar enterramientos -los primeros
han sido datados hacia el 75000 aC- levantar
pesadas piedras contra la tendencia de la naturaleza, indicar con estos hitos impuestos a la
naturaleza las observaciones de los astros y del
ciclo solar. En el paso a la formación de los primeros poblados estables, a principios del Neolítico y desde hace aproximadamente 7000 años,
el legado de este tipo de señales es escaso pero
suficientemente claro como para identificar los
rasgos diferenciales. No podemos describir esta
intención de señalar el espacio como una intención estética, en el sentido actual de la palabra.
En el contexto del humanismo que se extiende en todo el pensamiento kantiano, este giro hacia la sensibilidad, desde la objetividad, es irrenunciable.
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© Los autores, 2001; © Edicions UPC, 2001.