Test Drive | Page 71

71 Estética es consecuencia de las transformaciones sentidas ya en la comprensión de las llamadas obras de arte, entre ellas de la de arquitectura. Así, la exploración autónoma de nuestra percepción estética, de nuestros sentimientos frente a las cosas bellas, se muestra como causa y consecuencia, al mismo tiempo, de los cambios de mentalidad a los que había conducido la tradición cultural de Occidente en torno al siglo XVIII. La Estética que se despliega en el XVIII tiene por objeto, por otro lado, interrogar, y por tanto responder, a nuestra relación peculiar con lo bello, antes que la de responder a la naturaleza misma de la belleza.2 En esta intención toca una multitud de cuerdas de sentido, las hace vibrar y abre la posibilidad de cuestionar una serie de problemas relacionados con la belleza y con el hombre: la sensibilidad frente a las cosas bellas, la relación entre las creaciones bellas y la naturaleza, la posibilidad y la capacidad de crear la belleza, o de recrearla, las cualidades del creador, la finalidad de la belleza. Finalmente, la apertura e independencia de la estética tiene como consecuencia también la explosión del término central de belleza en multitud de fragmentos de sentido, que incluso la rebasan, como será el de una belleza sublime. En general, los procesos intensos de interrogación desbordan la posibilidad de responderlos y revierten en una amplificación útil de los problemas. La apertura de este ámbito de interrogación que constituye la Estética tiene también efectos retrospectivos y permite reconsiderar desde una óptica común la arquitectura del pasado, incluso la de aquellos tiempos que no establecieron un marco específico de reflexión autónoma sobre lo bello. La reflexión estética permite mirar hacia el pasado con una nueva perspectiva: la de considerar de manera nítida, específica, la constante relación entre nosotros y la belleza, nuestra necesidad de ella, nuestro instinto de multiplicarla en los interminables espejos de nuestras producciones, nuestro obstinado instinto de construir lo bello en lo útil, en lo necesario; o de repetir su destello en lo ocioso, en lo ornamental, en lo incorpóreo. La arquitectura y la belleza en la época de una concepción global del mundo Desde los primeros asentamientos humanos, desde el momento en que arraiga el hombre en la tierra y en el lugar, se puede iniciar el rastreo de lo que antes que arquitectura debería ser llamado gesto arquitectónico. En un sentido muy amplio, ese gesto tiende a rebasar la utilidad de la cueva, de la cabaña, y a trazar en el espacio natural signos de diferencia aportados por la mano humana. Señalar enterramientos -los primeros han sido datados hacia el 75000 aC- levantar pesadas piedras contra la tendencia de la naturaleza, indicar con estos hitos impuestos a la naturaleza las observaciones de los astros y del ciclo solar. En el paso a la formación de los primeros poblados estables, a principios del Neolítico y desde hace aproximadamente 7000 años, el legado de este tipo de señales es escaso pero suficientemente claro como para identificar los rasgos diferenciales. No podemos describir esta intención de señalar el espacio como una intención estética, en el sentido actual de la palabra. En el contexto del humanismo que se extiende en todo el pensamiento kantiano, este giro hacia la sensibilidad, desde la objetividad, es irrenunciable. 2 © Los autores, 2001; © Edicions UPC, 2001.