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El barco de guerra, al ver que el velero se detenía, aprovechaba para intentar alcanzarlo. Avanzaba con creciente rapidez, echando humo y resoplando, alternando los tiros de granada con proyectiles cargados. Los cascotes de metralla saltaban por la cubierta, horadando las velas y cortando las cuerdas, resbalando sobre las planchas de hierro, chirriando y deteriorando los maderos. ¡Ay si aquella lluvia hubiese durado sólo diez minutos más! Sandokán, siempre impasible, continuaba mirando. -¡Fuego! -gritó de pronto, dando un salto hacia atrás. Se inclinó sobre la humeante pieza, conteniendo la respiración, con los labios apretados y los ojos fijos ante sí, como si quisiera seguir la invisible trayectoria del proyectil. Pocos instantes después una segunda detonación retumbaba en el mar. La granada había estallado entre los radios de los tambores de babor, haciendo saltar con inusitada violencia toda la ferretería de la rueda y las palas. El piróscafo, gravemente alcanzado, se inclinó sobre el flanco deteriorado, y luego se puso a girar sobre sí mismo bajo el impulso de la otra rueda, que todavía seguía mordiendo las aguas. -¡Viva el Tigre! -gritaron los piratas, lanzándose hacia los cañones. -¡Marianna! ¡Marianna! -exclamó Sandokán, mientras el piróscafo, volcado sobre el flanco destrozado, embarcaba agua a toneladas. La joven apareció en el puente a su llamada. Sandokán la tomó entre los brazos, la levantó hasta la amura y, mostrándosela a la tripulación del piróscafo, tronó: -¡Aquí tenéis a mi mujer! Después, mientras los piratas descargaban sobre el buque un huracán de metralla, el prao viró de bordo, alejándose rápidamente hacia el oeste. 25 Hacia Mompracem Castigado el barco enemigo, que había tenido que pararse para reparar los gravísimos daños causados por la granada tan diestramente lanzada por Sandokán, el prao, cubierto por sus inmensas velas, se alejó enseguida, con la velocidad característica de este género de barcos, que desafían a los más rápidos clípers49 de la marina de los dos mundos. Marianna, abatida por tantas emociones, se había retirado nuevamente al elegante camarote, e incluso buena parte de la tripulación había abandonado la cubierta, pues ya no estaba el barco amenazado por ningún peligro, al menos por el momento. Yáñez y Sandokán