-Entonces, ¿qué quieres hacer, hermanito mío? Dentro de una hora estaremos muy
lejos de ese barco, si el viento no cesa.
-Espera un poco todavía, Yáñez -respondió Sandokán-. Mira allá, a oriente: las
estrellas comienzan a palidecer, y por el cielo empiezan a difundirse ya las primeras
claridades del alba.
-¿Quieres arrastrar ese crucero hasta Mompracem para abordarlo después?
-No tengo esa intención.
-No te comprendo.
-Apenas el alba permita a la tripulación de ese barco verme bien, castigaré a ese
insolente.
-Eres un artillero harto hábil para tener que esperar a la luz del sol. El mortero está
listo. -Quiero que vean quién disparará la pieza. -Quizá lo saben ya.
-Es cierto, quizá lo sospechan, pero no me basta. Quiero enseñarles también a la mujer
del Tigre de Malasia.
-¿Marianna?...
-Sí, Yáñez.
-¡Qué locura!
-Así sabrán en Labuán que el Tigre de Malasia ha osado violar las costas de la isla y
enfrentarse con los soldados que velaban por lord Guillonk.
-En Victoria no ignorarán ya la arriesgada expedición que has llevado a buen término.
-No importa. ¿Está listo el mortero? -Ya está cargado, Sandokán.
-Dentro de unos minutos castigaremos a ese curioso. Destrozaré una de sus ruedas, ya
lo verás.
Mientras así hablaban, una pálida luz, que iba tiñéndose rápidamente de reflejos
rosáceos, continuaba difundiéndose por el cielo. La luna iba cayendo sobre el mar, mientras
los astros empalidecían. Unos pocos minutos más y habría salido el sol.
El barco de guerra estaba ahora cerca de mil quinientos metros de distancia. Seguía
forzando las máquinas, pero perdía terreno a cada minuto. El veloz prao ganaba rápidamente,
al aumentar el viento con el despuntar del alba.
-Hermanito mío -dijo al poco rato Yáñez-. Da ya un buen golpe al crucero.
-Haz recoger las tercerolas de la vela maestra y del trinquete -ordenó Sandokán-.
Cuando esté a quinientos metros, daré fuego al mortero.
Yáñez dio enseguida la orden. Diez piratas treparon por los flechastes, arriaron las dos
velas y realizaron rápidamente la maniobra. Reducido el velamen, el prao comenzó a
disminuir la marcha.
El crucero, al darse cuenta de ello, reemprendió el cañoneo, aunque estaba aún lejos
para obtener buen resultado.
Hizo falta todavía una buena media hora para que llegase a la distancia deseada por
Sandokán.
Ya comenzaban a caer las balas sobre el puente del prao, cuando el Tigre, lanzándose
bruscamente abajo desde la amura, se colocó detrás del mortero. Un rayo de sol se había
levantado sobre el mar, iluminando las velas del prao.
-¡Y ahora me toca a mí! -gritó Sandokán con una extraña sonrisa-. ¡Pon el barco de
través al viento!
Un instante después el pequeño velero se ponía de través al viento, quedándose casi al
pairo.
Sandokán pidió a Paranoa una mecha que ya tenía encendida y se inclinó sobre la
pieza, calculando la distancia con la mirada.
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