robos cometidos en su casa, azotó hasta matarlo a un mayordomo indígena, y se libró por
muy poco de la pena de muerte. Tuvo que cumplir una larga condena, al cabo de la cual
regresó a Inglaterra, convertido en un hombre huraño y desengañado.
»Durante su estancia en la India, el doctor Roylott se casó con mi madre, la señora
Stoner, joven viuda del general de división Stoner, de la artillería de Bengala. Mi
hermana Julia y yo éramos gemelas, y sólo teníamos dos años cuando nuestra madre se
volvió a casar. Mi madre disponía de un capital considerable, con una renta que no bajaba
de las mil libras al año, y se lo confió por entero al doctor Roylott mientras viviésemos
con él, estipulando que cada una de nosotras debía recibir cierta suma anual en caso de
contraer matrimonio. Mi madre falleció poco después de nuestra llegada a Inglaterra...
hace ocho años, en un accidente ferroviario cerca de Crewe. A su muerte, el doctor
Roylott abandonó sus intentos de establecerse como médico en Londres, y nos llevó a
vivir con él en la mansión ancestral de Stoke Moran. El dinero que dejó mi madre bastaba
para cubrir todas nuestras necesidades, y no parecía existir obstáculo a nuestra felicidad.
»Pero, aproximadamente por aquella época, nuestro padrastro experimentó un cambio
terrible. En lugar de hacer amistades e intercambiar visitas con nuestros vecinos, que al
principio se alegraron muchísimo de ver a un Roylott de Stoke Moran instalado de nuevo
en la vieja mansión familiar, se encerró en la casa sin salir casi nunca, a no ser para
enzarzarse en furiosas disputas con cualquiera que se cruzase en su camino. El
temperamento violento, rayano con la manía, parece ser hereditario en los varones de la
familia, y en el caso de mi padrastro creo que se intensificó a consecuencia de su larga
estancia en el trópico. Provocó varios incidentes bochornosos, dos de los cuales
terminaron en el juzgado, y acabó por convertirse en el terror del pueblo, de quien todos
huían al verlo acercarse, pues tiene una fuerza extraordinaria y es absolutamente
incontrolable cuando se enfurece.
»La semana pasada tiró al herrero del pueblo al río, por encima del pretil, y sólo a base
de pagar todo el dinero que pude reunir conseguí evitar una nueva vergüenza pública. No
tiene ningún amigo, a excepción de los gitanos errantes, y a estos vagabundos les da
permiso para acampar en las pocas hectáreas de tierra cubierta de zarzas que componen la
finca familiar, aceptando a cambio la hospitalidad de sus tiendas y marchándose a veces
con ellos durante semanas enteras. También le apasionan los animales indios, que le
envía un contacto en las colonias, y en la actualidad tiene un guepardo y un babuino que
se pasean en libertad por sus tierras, y que los aldeanos temen casi tanto como a su
dueño.
»Con esto que le digo podrá usted imaginar que mi pobre hermana Julia y yo no
llevábamos una vida de placeres. Ningún criado quería servir en nuestra casa, y durante
mucho tiempo hicimos nosotras todas las labores domésticas. Cuando murió no tenía más
que treinta años y, sin embargo, su cabello ya empezaba a blanquear, igual que el mío.
––Entonces, su hermana ha muerto.
––Murió hace dos años, y es de su muerte de lo que vengo a hablarle. Comprenderá
usted que, llevando la vida que he descrito, teníamos pocas posibilidades de conocer a
gente de nuestra misma edad y posición. Sin embargo, teníamos una tía soltera, hermana
de mi madre, la señorita Honoria Westphail, que vive cerca de Harrow, y de vez en
cuando se nos permitía hacerle breves visitas. Julia fue a su casa por Navidad, hace dos
años, y allí conoció a un comandante de Infantería de Marina retirado, al que se prometió
en matrimonio. Mi padrastro se enteró del compromiso cuando regresó mi hermana, y no
puso objeciones a la boda. Pero menos de quince días antes de la fecha fijada para la
ceremonia, ocurrió el terrible suceso que me privó de mi única compañera.
Sherlock Holmes había permanecido recostado en su butaca con los ojos cerrados y la
cabeza apoyada en un cojín, pero al oír esto entreabrió los párpados y miró de frente a su
interlocutora.
––Le ruego que sea precisa en los detalles ––dijo.
––Me resultará muy fácil, porque tengo grabados a fuego en la memoria todos los
acontecimientos de aquel espantoso período. Como ya le he dicho, la mansión familiar es