pistoletazo. Nuestras pisadas resonaban fuertes y secas mientras cruzábamos el barrio de
los médicos, Wimpole Street, Harley Street y Wigmore Street, hasta desembocar en
Oxford Street. Al cabo de un cuarto de hora nos encontrába mos en Bloomsbury, frente al
mesón Alpha, que es un pequeño establecimiento público situado en la esquina de una de
las calles que se dirigen a Holborn. Holmes abrió la puerta del bar y pidió dos vasos de
cerveza al dueño, un hombre de cara colorada y delantal blanco.
––Su cerveza debe de ser excelente, si es tan buena como sus gansos ––dijo.
––¡Mis gansos! ––el hombre parecía sorprendido.
––Sí. Hace tan sólo media hora, he estado hablando con el señor Henry Baker, que es
miembro de su Club del Ganso.
––¡Ah, ya comprendo! Pero, verá usted, señor, los gansos no son míos.
––¿Ah, no? ¿De quién son, entonces?
––Bueno, le compré las dos docenas a un vendedor de Covent Garden.
––¿De verdad? Conozco a algunos de ellos. ¿Cuál fue?
––Se llama Breckinridge.
––¡Ah! No le conozco. Bueno, a su salud, patrón, y por la prosperidad de su casa.
Buenas noches.
––Y ahora, vamos a por el señor Breckinridge ––continuó, abotonándose el gabán
mientras salíamos al aire helado de la calle––. Recuerde, Watson, que aunque tengamos a
un extremo de la cadena una cosa tan vulgar como un ganso, en el otro tenemos un
hombre que se va a pasar siete años de trabajos forzados, a menos que podamos
demostrar su inocencia. Es posible que nuestra investigación confirme su culpabilidad;
pero, en cualquier caso, tenemos una linea de investigación que la policía no ha
encontrado y que una increíble casualidad ha puesto en nuestras manos. Sigámosla hasta
su último extremo. ¡Rumbo al sur, pues, y a paso ligero!
Atravesamos Holborn, bajando por Endell Street, yzigzagueamos por una serie de
callejuelas hasta llegar al mercado de Covent Garden. Uno de los puestos más grandes
tenía encima el rótulo de Breckinridge, y el dueño, un hombre con aspecto de caballo, de
cara astuta y patillas recortadas, estaba ayudando a un muchacho a echar el cierre.
––Buenas noches, y fresquitas ––dijo Holmes.
El vendedor asintió y dirigió una mirada inquisitiva a mi compañero.
––Por lo que veo, se le han terminado los gansos ––continuó Holmes, señalando los
estantes de mármol vacíos.
––Mañana por la mañana podré venderle quinientos.
––Eso no me sirve.
––Bueno, quedan algunos que han cogido olor a gas.
––Oiga, que vengo recomendado.
––¿Por quién?
––Por el dueño del Alpha.
––Ah, sí. Le envié un par de docenas.
––Y de muy buena calidad. ¿De dónde los sacó usted? Ante mi sorpresa, la pregunta
provocó un estallido de cólera en el vendedor.
––Oiga usted, señor ––dijo con la cabeza erguida y los brazos en jarras––. ¿Adónde
quiere llegar? Me gustan la cosas claritas.
––He sido bastante claro. Me gustaría saber quién le vendió los gansos que suministró
al Alpha.
––Y yo no quiero decírselo. ¿Qué pasa?
––Oh, la cosa no tiene importancia. Pero no sé por qué se pone usted así por una
nimiedad.
––¡Me pongo como quiero! ¡Y usted también se pondría así si le fastidiasen tanto como
a mí! Cuando pago buen dinero por un buen artículo, ahí debe terminar la cosa. ¿A qué
viene tanto «¿Dónde están los gansos?» y «¿A quién le ha vendido los gansos?» y
«¿Cuánto quiere usted por los gansos?» Cualquiera diría que no hay otros gansos en el
mundo, a juzgar por el alboroto que se arma con ellos.