muy a punto. ¿Es éste su sombrero, señor Baker?
––Sí, señor, es mi sombrero, sin duda alguna.
Era un hombre corpulento, de hombros cargados, cabeza voluminosa y un rostro amplio
e inteligente, rematado por una barba puntiaguda, de color castaño canoso. Un toque de
color en la nariz y las mejillas, junto con un ligero temblor en su mano extendida, me
recordaron la suposición de Holmes acerca de sus hábitos. Su levita, negra y raída, estaba
abotonada hasta arriba, con el cuello alzado, y sus flacas muñecas salían de las mangas
sin que se advirtieran indicios de puños ni de camisa. Hablaba en voz baja y entrecortada,
eligiendo cuidadosamente sus palabras, y en general daba la impresión de un hombre
culto e instruido, maltratado por la fortuna.
––Hemos guardado estas cosas durante varios días ––dijo Holmes–– porque
esperábamos ver un anuncio suyo, dando su dirección. No entiendo cómo no puso usted
el anuncio. Nuestro visitante emitió una risa avergonzada.
––No ando tan abundante de chelines como en otros tiempos ––dijo––. Estaba
convencido de que la pandilla de maleantes que me asaltó se había llevado mi sombrero y
el ganso. No tenía intención de gastar más dinero en un vano intento de recuperarlos.
––Es muy natural. A propósito del ave... nos vimos obligados a comérnosla.
––¡Se la comieron! ––nuestro visitante estaba tan excitado que casi se levantó de la
silla.
––Sí; de no hacerlo no le habría aprovechado a nadie. Pero supongo que este otro ganso
que hay sobre el aparador, que pesa aproximadamente lo mismo y está perfectamente
fresco, servirá igual de bien para sus propósitos.
––¡Oh, desde luego, desde luego! ––respondió el señor Baker con un suspiro de alivio.
––Por supuesto, aún tenemos las plumas, las patas, el buche y demás restos de su ganso,
así que si usted quiere...
El hombre se echó a reír de buena gana.
––Podrían servirme como recuerdo de la aventura ––dijo––, pero aparte de eso, no veo
de qué utilidad me iban a resultar los disjecta membra de mi difunto amigo. No, señor,
creo que, con su permiso, limitaré mis atenciones a la excelente ave que veo sobre el
aparador.
Sherlock Holmes me lanzó una intensa mirada de reojo, acompañada de un
encogimiento de hombros.
––Pues aquí tiene usted su sombrero, y aquí su ave ––dijo––. Por cierto, ¿le importaría
decirme dónde adquirió el otro ganso? Soy bastante aficionado a las aves de corral y
pocas veces he visto una mejor criada.
––Desde luego, señor ––dijo Baker, que se había levantado, con su recién adquirida
propiedad bajo el brazo––. Algunos de nosotros frecuentamos el mesón Alpha, cerca del
museo... Durante el día, sabe usted, nos encontramos en el museo mismo. Este año, el
patrón, que se llama Windigate, estableció un Club del Ganso, en el que, pagando unos
pocos peniques cada semana, recibiríamos un ganso por Navidad. Pagué religiosamente
mis peniques, y el resto ya lo conoce usted. Le estoy muy agradecido, señor, pues una
boina escocesa no resulta adecuada ni para mis años ni para mi carácter discreto.
Con cómica pomposidad, nos dedicó una solemne reverencia y se marchó por su
camino.
––Con esto queda liquidado el señor Henry Baker ––dijo Holmes, después de cerrar la
puerta tras él––. Es indudable que no sabe nada del asunto. ¿Tiene usted hambre,
Watson?
––No demasiada.
––Entonces, le propongo que aplacemos la cena y sigamos esta pista mientras aún esté
fresca.
––Con mucho gusto.
Hacía una noche muy cruda, de manera que nos pusimos nuestros gabanes y nos
envolvimos el cuello con bufandas. En el exterior, las estrellas brillaban con luz fría en
un cielo sin nubes, y el aliento de los transeúntes despedía tanto humo como un