––¿Qué va usted a decir?
––Déme un lápiz y esa hoja de papel. Vamos a ver: «Encontrados un ganso y un
sombrero negro de fieltro en la esquina de Goodge Street. El señor Henry Baker puede
recuperarlos presentándose esta tarde a las 6,30 en el 221 B de Baker Street». Claro y
conciso.
––Mucho. Pero ¿lo verá él?
––Bueno, desde luego mirará los periódicos, porque para un hombre pobre se trata de
una pérdida importante. No cabe duda de que se asustó tanto al romper el escaparate y
ver acercarse a Peterson que no pensó más que en huir; pero luego debe de haberse
arrepentido del impulso que le hizo soltar el ave. Pero además, al incluir su nombre nos
aseguramos de que lo vea, porque todos los que le conozcan se lo harán notar. Aquí tiene,
Peterson, corra a la agencia y que inserten este anuncio en los periódicos de la tarde.
––¿En cuáles, señor?
––Oh, pues en el Globe, el Star, el Pall Mall, la St. James Gazette, el Evening News, el
Standard, el Echo y cualquier otro que se le ocurra.
––Muy bien, señor. ¿Y la piedra?
––Ah, sí, yo guardaré la piedra. Gracias. Y oiga, Peterson, en el camino de vuelta
compre un ganso y tráigalo aquí, porque tenemos que darle uno a este caballero a cambio
del que se está comiendo su familia.
Cuando el recadero se hubo marchado, Holmes levantó la piedra y la miró al trasluz.
––¡Qué maravilla! ––dijo––. Fíjese cómo brilla y centellea. Por supuesto, esto es como
un imán para el crimen, lo mismo que todas las buenas piedras preciosas. Son el cebo
favorito del diablo. En las piedras más grandes y más antiguas, se puede decir que cada
faceta equivale a un crimen sangriento. Esta piedra aún no tiene ni veinte años de edad.
La encontraron a orillas del río Amoy, en el sur de China, y presenta la particularidad de
poseer todas las características del carbunclo, salvo que es de color azul en lugar de rojo
rubí. A pesar de su juventud, ya cuenta con un siniestro historial. Ha habido dos
asesinatos, un atentado con vitriolo, un suicidio y varios robos, todo por culpa de estos
doce kilates de carbón cristalizado. ¿Quién pensaría que tan hermoso juguete es un
pr oveedor de carne para el patíbulo y la cárcel? Lo guardaré en mi caja fuerte y le
escribiré unas líneas a la condesa, avisándole de que lo tenemos.
––¿Cree usted que ese Horner es inocente?
––No lo puedo saber.
––Entonces, ¿cree usted que este otro, Henry Baker, tiene algo que ver con el asunto?
––Me parece mucho más probable que Henry Baker sea un hombre completamente
inocente, que no tenía ni idea de que el ave que llevaba valla mucho más que si estuviera
hecha de oro macizo. No obstante, eso lo comprobaremos mediante una sencilla prueba si
recibimos respuesta a nuestro anuncio.
––¿Y hasta entonces no puede hacer nada?
––Nada.
––En tal caso, continuaré mi ronda profesional, pero volveré esta tarde a la hora
indicada, porque me gustaría presenciar la solución a un asunto tan embrollado.
––Encantado de verle. Cenaré a las siete. Creo que hay becada. Por cierto que, en vista
de los recientes acontecimientos, quizás deba decirle a la señora Hudson que examine
cuidadosamente el buche.
Me entretuve con un paciente, y era ya más tarde de las seis y media cuando pude
volver a Baker Street. Al acercarme a la casa vi a un hombre alto con boina escocesa y
chaqueta abotonada hasta la barbilla, que aguardaba en el brillante semicírculo de luz de
la entrada. Justo cuando yo llegaba, la puerta se abrió y nos hicieron entrar juntos a los
aposentos de Holmes.
––El señor Henry Baker, supongo ––dijo Holmes, levantándose de su butaca y
saludando al visitante con aquel aire de jovialidad espontánea que tan fácil le resultaba
adoptar––. Por favor, siéntese aquí junto al fuego, señor Baker. Hace frío esta noche, y
veo que su circulación se adapta mejor al verano que al invierno. Ah, Watson, llega usted