mostró en el centro de la palma una piedra azul de brillo deslumbrador, bastante más pequeña
que una alubia, pero tan pura y radiante que centelleaba como una luz eléctrica en
el hueco oscuro de la mano.
Sherlock Holmes se incorporó lanzando un silbido.
––¡Por Júpiter, Peterson! ––exclamó––. ¡A eso le llamo yo encontrar un tesoro!
Supongo que sabe lo que tiene en la mano.
––¡Un diamante, señor! ¡Una piedra preciosa! ¡Corta el cristal como si fuera masilla!
––Es más que una piedra preciosa. Es la piedra preciosa.
––¿No se referirá al carbunclo azu