completo la frente y quedó apoyado en el puente de la nariz.
––Cuestión de capacidad cúbica ––dijo––. Un hombre con un cerebro tan grande tiene
que tener algo dentro.
––¿Y su declive económico?
––Este sombrero tiene tres años. Fue por entonces cuando salieron estas alas planas y
curvadas por los bordes. Es un sombrero de la mejor calidad. Fíjese en la cinta de seda
con remates y en la excelente calidad del forro. Si este hombre podía permitirse comprar
un sombrero tan caro hace tres años, y desde entonces no ha comprado otro, es indudable
que ha venido a menos.
––Bueno, sí, desde luego eso está claro. ¿Y eso de que era previsor, y lo de la regresión
moral?
Sherlock Holmes se echó a reír.
––Aquí está la precisión ––dijo, señalando con el dedo la presilla para enganchar la
goma suj etasombreros––. Ningún sombrero se vende con esto. El que nuestro hombre lo
hiciera poner es señal de un cierto nivel de previsión, ya que se tomó la molestia de
adoptar esta precaución contra el viento. Pero como vemos que desde entonces se le ha
roto la goma y no se ha molestado en cambiarla, resulta evidente que ya no es tan
previsor como antes, lo que demuestra claramente que su carácter se debilita. Por otra
parte, ha procurado disimular algunas de las manchas pintándolas con tinta, señal de que
no ha perdido por completo su amor propio.
––Desde luego, es un razonamiento plausible.
––Los otros detalles, lo de la edad madura, el cabello gris, el reciente corte de pelo y el
fijador, se advierten examinando con atención la parte inferior del forro. La lupa revela
una gran cantidad de puntas de cabello, limpiamente cortadas por la tijera del peluquero.
Todos están pegajosos, y se nota un inconfundible olor a fijador. Este polvo, fíjese usted,
no es el polvo gris y terroso de la calle, sino la pelusilla parda de las casas, lo cual
demuestra que ha permanecido colgado dentro de casa la mayor parte del tiempo; y las
manchas de sudor del interior son una prueba palpable de que el propietario transpira
abundantemente y, por lo tanto, difícilmente puede encontrarse en buena forma física.
––Pero lo de su mujer... dice usted que ha dejado de amarle.
––Este sombrero no se ha cepillado en semanas. Cuando le vea a usted, querido
Watson, con polvo de una semana acumulado en el sombrero, y su esposa le deje salir en
semejante estado, también sospecharé que ha tenido la desgracia de perder el cariño de su
mujer.
––Pero podría tratarse de un soltero.
––No, llevaba a casa el ganso como ofrenda de paz a su mujer. Recuerde la tarjeta atada
a la pata del ave.
––Tiene usted respuesta para todo. Pero ¿cómo demonios ha deducido que no hay
instalación de gas en su casa?
––Una mancha de sebo, e incluso dos, pueden caer por casualidad; pero cuando veo
nada menos que cinco, creo que existen pocas dudas de que este individuo entra en
frecuente contacto con sebo ardiendo; probablemente, sube las escaleras cada noche con
el sombrero en una mano y un candil goteante en la otra. En cualquier caso, un aplique de
gas no produce manchas de sebo. ¿Está usted satisfecho?
––Bueno, es muy ingenioso ––dije, echándome a reír––. Pero, puesto que no se ha
cometido ningún delito, como antes decíamos, y no se ha producido ningún daño, a
excepción del extravío de un ganso, todo esto me parece un despilfarro de energía.
Sherlock Holmes había abierto la boca para responder cuando la puerta se abrió de par
en par y Peterson el recadero entró en la habitación con el rostro enrojecido y una expresión
de asombro sin límites.
––¡El ganso, señor Holmes! ¡El ganso, señor! ––decía jadeante.
––¿Eh? ¿Qué pasa con él? ¿Ha vuelto a la vida y ha salido volando por la ventana de la
cocina? ––Holmes rodó sobre el sofá para ver mejor la cara excitada del hombre.
––¡Mire, señor! ¡Vea lo que ha encontrado mi mujer en el buche! ––extendió la mano y