––Mi querido amigo, en eso consiste el problema. Es cierto que en una tarjetita atada a
la pata izquierda del ave decía «Para la señora de Henry Baker», y también es cierto que
en el forro de este sombrero pueden leerse las iniciales «H. B.»; pero como en esta ciudad
nuestra existen varios miles de Bakers y varios cientos de Henry Bakers, no resulta nada
fácil devolverle a uno de ellos sus propiedades perdidas.
––¿Y qué hizo entonces Peterson?
––La misma mañana de Navidad me trajo el sombrero y el ganso, sabiendo que a mí me
interesan hasta los problemas más insignificantes. Hemos guardado el ganso hasta esta
mañana, cuando empezó a dar señales de que, a pesar de la helada, más valía comérselo
sin retrasos innecesarios. Así pues, el hombre que lo encontró se lo ha llevado para que
cumpla el destino final de todo ganso, y yo sigo en poder del sombrero del desconocido
caballero que se quedó sin su cena de Navidad.
––¿No puso ningún anuncio?
––No.
––¿Y qué pistas tiene usted de su identidad?
––Sólo lo que podemos deducir.
––¿De su sombrero?
––Exactamente.
––Está usted de broma. ¿Qué se podría sacar de esa ruina de fieltro?
––Aquí tiene mi lupa. Ya conoce usted mis métodos. ¿Qué puede deducir usted
referente a la personalidad del hombre que llevaba esta prenda?
Tomé el pingajo en mis manos y le di un par de vueltas de mala gana. Era un vulgar
sombrero negro de copa redonda, duro y muy gastado. El forro había sido de seda roja,
pero ahora estaba casi completamente descolorido. No llevaba el nombre del fabricante,
pero, tal como Holmes había dicho, tenía garabateadas en un costado las iniciales «H.
B.». El ala tenía presillas para sujetar una goma elástica, pero faltaba ésta. Por lo demás,
estaba agrietado, lleno de polvo y cubierto de manchas, aunque parecía que habían
intentado disimular las partes descoloridas pintándolas con tinta.
––No veo nada ––dije, devolviéndoselo a mi amigo.
––Al contrario, Watson, lo tiene todo a la vista. Pero no es capaz de razonar a partir de
lo que ve. Es usted demasiado tímido a la hora de hacer deducciones.
––Entonces, por favor, dígame qué deduce usted de este sombrero.
Lo cogió de mis manos y lo examinó con aquel aire introspectivo tan característico.
––Quizás podría haber resultado más sugerente ––dijo––, pero aun así hay unas cuantas
deducciones muy claras, y otras que presentan, por lo menos, un fuerte saldo de probabilidad.
Por supuesto, salta a la vista que el propietario es un hombre de elevada
inteligencia, y también que hace menos de tres años era bastante rico, aunque en la
actualidad atraviesa mal