única manera de obtener datos para mis artículos era practicando como mendigo aficionado.
Naturalmente, cuando trabajé como actor había aprendido todos los trucos del
maquillaje, y tenía fama en los camerinos por mi habilidad en la materia. Así que decidí
sacar partido de mis conocimientos. Me pinté la cara y, para ofrecer un aspecto lo más
penoso posible, me hice una buena cicatriz y me retorcí un lado del labio con ayuda de
una tira de esparadrapo color carne. Y después, con una peluca roja y vestido
adecuadamente, ocupé mi puesto en la zona más concurrida de la City, aparentando
vender cerillas, pero en realidad pidiendo. Desempeñé mi papel durante siete horas y
cuando volví a casa por la noche descubrí, con gran sorpresa, que había recogido nada
menos que veintiséis chelines y cuatro peniques.
»Escribí mis artículos y no volví a pensar en el asunto hasta que, algún tiempo después,
avalé una letra de un amigo y de pronto me encontré con una orden de pago por valor de
veinticinco libras. Me volví loco intentando reunir el dinero y de repente se me ocurrió
una idea. Solicité al acreedor una prórroga de quince días, pedí vacaciones a mis jefes y
me dediqué a pedir limosna en la City, disfrazado. En diez días había reunido el dinero y
pagado la deuda.
»Pues bien, se imaginarán lo dificil que me resultó someterme de nuevo a un trabajo
fatigoso por dos libras a la semana, sabiendo que podía ganar esa cantidad en un día con
sólo pintarme la cara, dejar la gorra en el suelo y esperar sentado. Hubo una larga lucha
entre mi orgullo y el dinero, pero al final ganó el dinero, dejé el periodismo y me fui a
sentar, un día tras otro, en el mismo rincón del principio, inspirando lástima con mi
espantosa cara y llenándome los bolsillos de monedas. Sólo un hombre conocía mi
secreto: el propietario de un tugurio de Swandam Lane donde tenía alquilada una
habitación. De allí salía cada mañana como un mendigo mugriento, y por la tarde me
transformaba en un caballero elegante, vestido a la última. Este individuo, un antiguo
marinero, recibía una magnífica paga por sus habitaciones, y yo sabía que mi secreto
estaba seguro en sus manos.
»Muy pronto me encontré con que estaba ahorrando sumas considerables de dinero. No
pretendo decir que cualquier mendigo que ande por las calles de Londres pueda ganar
setecientas libras al año ––que es menos de lo que yo ganaba por término medio––, pero
yo contaba con importantes ventajas en mi habilidad para la caracterización y también en
mi facilidad para las réplicas ingeniosas, que fui perfeccionando con la práctica hasta
convertirme en un personaje bastante conocido en la City. Todos los días caía sobre mí
una lluvia de peniques, con alguna que otra moneda de plata intercalada, y muy mal se
me tenía que dar para no sacar por lo menos dos libras.
»A medida que me iba haciendo rico, me fui volviendo más ambicioso: adquirí una
casa en el campo y me casé, sin que nadie llegara a sospechar a qué me dedicaba en
realidad. Mi querida esposa sabía que tenía algún negocio en la City. Poco se imaginaba
en qué consistía.
»El lunes pasado, había terminado mi jornada y me estaba vistiendo en mi habitación,
encima del fumadero de opio, cuando me asomé a la ventana y vi, con gran sorpresa y
consternación, a mi esposa parada en mitad de la calle, con los ojos clavados en mí. Solté
un grito de sorpresa, levanté los brazos para taparme la cara y corrí en busca de mi
confidente, el marinero, instándole a que no permitiese a nadie subir a donde yo estaba.
Oí la voz de mi mujer en la planta baja, pero sabía que no la dejarían subir. Rápidamente
me quité mis ropas, me puse las de mendigo y me apliqué el maquillaje y la peluca. Ni
siquiera los ojos de una esposa podrían penetrar un disfraz tan perfecto. Pero entonces se
me ocurrió que podrían registrar la habitación y las ropas me delatarían. Abrí la ventana
con tal violencia que se me volvió a abrir un corte que me había hecho por la mañana en
mi casa. Cogí la chaqueta con todas las monedas que acababa de transferir de la bolsa de
cuero en la que guardaba mis ganancias. La tiré por la ventana y desapareció en las aguas
del Támesis. Habría hecho lo mismo con las demás prendas, pero en aquel momento
llegaron los policías corriendo por la escalera y a los pocos minutos descubrí, debo
confesar que con gran alivio por mi parte, que en lugar de identificarme como el señor