Neville St. Clair, se me detenía por su asesinato.
»Creo que no queda nada por explicar. Estaba decidido a mantener mi disfraz todo el
tiempo que me fuera posible, y de ahí mi insistencia en no lavarme la cara. Sabiendo que
mi esposa estaría terriblemente preocupada, me quité el anillo y se lo pasé al marinero en
un momento en que ningún policía me miraba, junto con una notita apresurada,
diciéndole que no debía temer nada.
––La nota no llegó a sus manos hasta ayer ––dijo Holmes.
––¡Santo Dios! ¡Qué semana debe de haber pasado!
––La policía ha estado vigilando a ese marinero ––dijo el inspector Bradstreet––, y no
me extraña que le haya resultado difícil echar la carta sin que le vieran. Probablemente,
se la entregaría a algún marinero cliente de su casa, que no se acordó del encargo en
varios días.
––Así debió de ser, no me cabe duda ––dijo Holmes, asintiendo––. Pero ¿nunca le han
detenido por pedir limosna?
––Muchas veces; pero ¿qué significaba para mí una multa?
––Sin embargo, esto tiene que terminar aquí ––dijo Bradstreet––. Si quiere que la
policía eche tierra al asunto, Hugh Boone debe dejar de existir.
––Lo he jurado con el más solemne de los juramentos que puede hacer un hombre.
––En tal caso, creo que es probable que el asunto no siga adelante. Pero si volvemos a
toparnos con usted, todo saldrá a relucir. Verdaderamente, señor Holmes, estamos en
deuda con usted por haber esclarecido el caso. Me gustaría saber cómo obtiene esos
resultados.
––Éste lo obtuve ––dijo mi amigo–– sentándome sobre cinco almohadas y
consumiendo una onza de tabaco. Creo, Watson, que, si nos ponemos en marcha hacia
Baker Street, llegaremos a tiempo para el desayuno.