cara desde el ojo a la barbilla, y al contraerse había tirado del labio superior dejando al
descubierto tres dientes en una perpetua mueca. Unas greñas de cabello rojo muy vivo le
caían sobre los ojos yla frente.
––Una preciosidad, ¿no les parece? ––dijo el inspector.
––Desde luego, necesita un lavado ––contestó Holmes––. Se me ocurrió que podría
necesitarlo y me tomé la libertad de traer el instrumental necesario ––mientras hablaba,
abrió la maleta Gladstone y, ante mi asombro, sacó de ella una enorme esponja de baño.
––¡Ja, ja! Es usted un tipo divertido ––rió el inspector.
––Ahora, si tiene usted la inmensa bondad de abrir con mucho cuidado esta puerta, no
tardaremos en hacerle adoptar un aspecto mucho más respetable.
––Caramba, ¿por qué no? ––dijo el inspector––. Es un descrédito para los calabozos de
Bow Street, ¿no les parece?
Introdujo la llave en la cerradura y todos entramos sin hacer ruido en la celda. El
durmiente se dio media vuelta y volvió a hundirse en un profundo sueño. Holmes se
inclinó hacia el jarro de agua, mojó su esponja y la frotó con fuerza dos veces sobre el
rostro del preso.
––Permítame que les presente ––exclamó–– al señor Neville St. Clair, de Lee, condado
de Kent.
Jamás en mi vida he presenciado un espectáculo semejante. El rostro del hombre se
desprendió bajo la esponja como la corteza de un árbol. Desapareció su repugnante color
pardusco. Desapareció también la horrible cicatriz que lo cruzaba, y lo mismo el labio
retorcido que formaba aquella mueca repulsiva. Los desgreñados pelos rojos se desprendieron
de un tirón, y ante nosotros quedó, sentado en el camastro, un hombre pálido, de
expresión triste y aspecto refinado, pelo negro y piel suave, frotándose los ojos y mirando
a su alrededor con asombro soñoliento. De pronto, dándose cuenta de que le habían
descubierto, lanzó un alarido y se dejó caer, hundiendo el rostro en la almohada.
––¡Por todos los santos! ––exclamó el inspector––. ¡Pero si es el desaparecido! ¡Lo
reconozco por las fotografías!
El preso se volvió con el aire indiferente de quien se abandona en manos del destino.
––De acuerdo ––dijo––. Y ahora, por favor, ¿de qué se me acusa?
––De la desaparición del señor Neville St.... ¡Oh, vamos, no se le puede acusar de eso, a
menos que lo presente como un intento de suicidio! ––dijo el inspector, sonriendo––. Caramba,
llevo veintisiete años en el cuerpo, pero esto se lleva la palma.
––Si yo soy Neville St. Clair, resulta evidente que no se ha cometido ningún delito y,
por lo tanto, mi detención aquí es ilegal.
––No se ha cometido delito alguno, pero sí un tremendo error ––dijo Holmes––. Más le
habría valido confiar en su mujer.
––No era por ella, era por los niños ––gimió el detenido––. ¡Dios mío, no quería que se
avergonzaran de su padre! ¡Dios santo, qué vergüenza! ¿Qué voy a hacer ahora?
Sherlock Holmes se sentó junto a él en la litera y le dio unas palmaditas en el hombro.
––Si deja usted que los tribunales esclarezcan el caso ––dijo––, es evidente que no
podrá evitar la publicidad. Por otra parte, si puede convencer a las autoridades policiales
de que no hay motivos para proceder contra usted, no veo razón para que los detalles de
lo ocurrido lleguen a los periódicos. Estoy seguro de que el inspector Bradstreet tomará
nota de todo lo que quiera usted declarar para ponerlo en conocimiento de las autoridades
competentes. En tal caso, el asunto no tiene por qué llegar a los tribunales.
––¡Que Dios le bendiga! ––exclamó el preso con fervor––. Habría soportado la cárcel, e
incluso la ejecución, antes que permitir que mi miserable secreto cayera como un baldón
sobre mis hijos.
»Son ustedes los primeros que escuchan mi historia. Mi padre era maestro de escuela en
Chesterfield, donde recibí una excelente educación. De joven viajé por el mundo, trabajé
en el teatro y por último me hice reportero en un periódico vespertino de Londres. Un día,
el director quería que se hiciera una serie de artículos sobre la mendicidad en la capital, y
yo me ofrecí voluntario para hacerlo. Éste fue el punto de partida de mis aventuras. La