––¿Y dónde está? ––pregunté, sonriendo.
––En el cuarto de baño ––respondió––. No, no estoy bromeando ––continuó, al ver mi
gesto de incredulidad––. Acabo de estar allí, la he cogido y la tengo dentro de esta maleta
Gladstone. Venga, compañero, y veremos si encaja o no en la cerradura.
Bajamos lo más rápidamente posible y salimos al sol de la mañana. El coche y el
caballo ya estaban en la carretera, con el mozo de cuadras a medio vestir aguardando
delante. Subimos al vehículo y salimos disparados por la carretera de Londres. Rodaban
por ella algunos carros que llevaban verduras a la capital, pero las hileras de casas de los
lados estaban tan silenciosas e inertes como una ciudad de ensueño.
––En ciertos aspectos, ha sido un caso muy curioso ––dijo Holmes, azuzando al caballo
para ponerlo al galope––. Confieso que he estado más ciego que un topo, pero más vale
aprender tarde que no aprender nunca.
En la ciudad, los más madrugadores apenas empezaban a asomarse medio dormidos a
la ventana cuando nosotros penetramos por las calles del lado de Surrey. Bajamos por
Waterloo Bridge Road, cruzamos el río y subimos a toda velocidad por Wellington
Street, para allí torcer bruscamente a la derecha y llegar a Bow Street. Sherlock Holmes
era bien conocido por el cuerpo de policía, y los dos agentes de la puerta le saludaron.
Uno de ellos sujetó las riendas del caballo, mientras el otro nos hacía entrar.
––¿Quién está de guardia? ––preguntó Holmes.
––El inspector Bradstreet, señor.
––Ah, Bradstreet, ¿cómo está usted? ––un hombre alto y corpulento había surgido por
el corredor embaldosado, con una gorra de visera y chaqueta con alamares––. Me
gustaría hablar unas palabras con usted, Bradstreet.
––Desde luego, señor Holmes. Pase a mi despacho.
Era un despachito pequeño, con un libro enorme encima de la mesa y un teléfono de
pared. El inspector se sentó ante el escritorio.
––¿Qué puedo hacer por usted, señor Holmes?
––Se trata de ese mendigo, el que está acusado de participar en la desaparición del
señor Neville St. Clair, de Lee.
––Sí. Está detenido mientras prosiguen las investigaciones.
––Eso he oído. ¿Lo tienen aquí?
––En los calabozos.
––¿Está tranquilo?
––No causa problemas. Pero cuidado que es guarro.
––¿Guarro?
––Sí, lo más que hemos conseguido es que se lave las manos, pero la cara la tiene tan
negra como un fogonero. En fin, en cuanto se decida su caso tendrá que bañarse
periódicamente en la cárcel, y si usted lo viera, creo que estaría de acuerdo conmigo en
que lo necesita.
––Me gustaría muchísimo verlo.
––¿De veras? Pues eso es fácil. Venga por aquí. Puede dejar la maleta.
––No, prefiero llevarla.
––Como quiera. Vengan por aquí, por favor ––nos guió por un pasillo, abrió una puerta
con barrotes, bajó una escalera de caracol, y nos introdujo en una galería encalada con
una hilera de puertas a cada lado.
––La tercera de la derecha es la suya ––dijo el inspector––. ¡Aquí está! ––abrió sin
hacer ruido un ventanuco en la parte superior de la puerta y miró al interior––. Está
dormido ––dijo––. Podrán verle perfectamente.
Los dos aplicamos nuestros ojos a la rejilla. El detenido estaba tumbado con el rostro
vuelto hacia nosotros, sumido en un profundo sueño, respirando lenta y ruidosamente.
Era un hombre de estatura mediana, vestido toscamente, como correspondía a su oficio,
con una camisa de colores que asomaba por los rotos de su andrajosa chaqueta. Tal como
el inspector había dicho, estaba sucísimo, pero la porquería que cubría su rostro no
lograba ocultar su repulsiva fealdad. El ancho costurón de una vieja cicatriz le recorría la