señora.
––No, pero la de la carta sí que lo es.
––Observo, además, que la persona que escribió el sobre tuvo que ir a preguntar la
dirección.
––¿Cómo puede saber eso?
––El nombre, como ve, está en tinta perfectamente negra, que se ha secado sola. El
resto es de un color grisáceo, que demuestra que se ha utilizado papel secante. Si lo
hubieran escrito todo seguido y lo hubieran secado con secante, no habría ninguna letra
tan negra. Esta persona ha escrito el nombre y luego ha hecho una pausa antes de escribir
la dirección, lo cual sólo puede significar que no le resultaba familiar. Por supuesto, se
trata tan sólo de un detalle trivial, pero no hay nada tan importante como los detalles
triviales. Veamos ahora la carta. ¡Ajá! ¡Aquí dentro había algo más!
––Sí, había un anillo. El anillo con su sello.
––¿Y está usted segura de que ésta es la letra de su marido?
––Una de sus letras.
––¿Una?
––Su letra de cuando escribe con prisas. Es muy diferente de su letra habitual, a pesar
de lo cual la conozco bien. ––«Querida, no te asustes. Todo saldrá bien. Se ha cometido
un terrible error, que quizá tarde algún tiempo en rectificar. Ten paciencia, Neville.»
Escrito a lápiz en la guarda de un libro, formato octavo, sin marca de agua. Echado al correo
hoy en Gravesend, por un hombre con el pulgar sucio. ¡Ajá! Y la solapa la ha
pegado, si no me equivoco, una persona que ha estado mascando tabaco. ¿Y usted no
tiene ninguna duda de que se trata de la letra de su esposo, señora? ––Ninguna. Esto lo
escribió Neville.
––Y lo han echado al correo hoy en Gravesend. Bien, señora St. Clair, las nubes se
despejan, aunque no me atrevería a decir que ha pasado el peligro.
––Pero tiene que estar vivo, señor Holmes.
––A menos que se trate de una hábil falsificación para ponernos sobre una pista falsa.
Al fin y al cabo, el anillo no demuestra nada. Se lo pueden haber quitado.
––¡No, no, es su letra, lo es, lo es, lo es!
––Muy bien. Sin embargo, puede haberse escrito el lunes y no haberse echado al correo
hasta hoy.
––Eso es posible.
––De ser así, han podido ocurrir muchas cosas entre tanto. ––Ay, no me desanime
usted, señor Holmes. Estoy segura de que se encuentra bien. Existe entre nosotros una
comunicación tan intensa que si le hubiera pasado algo malo, yo lo sabría. El mismo día
en que le vi por última vez, se cortó en el dormitorio, y yo, que estaba en el comedor,
subí corriendo al instante, con la plena seguridad de que algo había ocurrido. ¿Cree usted
que puedo responder a semejante trivialidad y, sin embargo, no darme cuenta de que ha
muerto?
––He visto demasiado como para no saber que la intuición de una mujer puede resultar
más útil que las conclusiones de un razonador analítico. Y, desde luego, en esta carta
tiene usted una prueba bien palpable que corrobora su punto de vista. Pero si su marido
está vivo y puede escribirle cartas, ¿por qué no se pone en contacto con usted?
––No tengo ni idea. Es incomprensible.
––¿No comentó nada el lunes antes de marcharse?
––No.
––Y a usted le sorprendió verlo en Swandan Lane.
––Mucho.
––¿Estaba abierta la ventana?
––Sí.
––Entonces, él podía haberla llamado.
––Podía, sí.
––Pero, según tengo entendido, sólo lanzó un grito inarticulado.