Y así fue, aunque lo que encontraron en el fango no era lo que temían encontrar. Lo que
apareció al retirarse la marea fue la chaqueta de Neville St. Clair, y no el propio Neville
St. Clair. ¿Y qué cree que encontraron en los bolsillos?
––No tengo ni idea.
––No creo que pueda adivinarlo. Todos los bolsillos estaban repletos de peniques y
medios peniques: en total, cuatrocientos veintiún peniques y doscientos setenta medios
peniques. No es de extrañar que la marea no se la llevara. Pero un cuerpo humano es algo
muy diferente. Hay un fuerte remolino entre el muelle y la casa. Parece bastante probable
que la chaqueta se quedara allí debido al peso, mientras el cuerpo desnudo era arrastrado
hacia el río.
––Pero, según tengo entendido, todas sus demás ropas se encontraron en la habitación.
¿Es que el cadáver iba vestido sólo con la chaqueta?
––No, señor, los datos pueden ser muy engañosos. Suponga que este tipo, Boone, ha
tirado a Neville St. Clair por la ventana, sin que le haya visto nadie. ¿Qué hace a
continuación? Por supuesto, pensará inmediatamente en librarse de las ropas delatoras.
Coge la chaqueta, y está a punto de tirarla cuando se le ocurre que flotará en vez de
hundirse. Tiene poco tiempo, porque ha oído el alboroto al pie de la escalera, cuando la
esposa intenta subir, y puede que su compinche el marinero le haya avisado ya de que la
policía viene corriendo calle arriba. No hay un instante que perder. Corre hacia algún
escondrijo secreto, donde ha ido acumulando los frutos de su mendicidad, y mete en los
bolsillos de la chaqueta todas las monedas que puede, para asegurarse de que se hunda.
La tira, y habría hecho lo mismo con las demás prendas de no haber oído pasos
apresurados en la planta baja, de manera que sólo le queda tiempo para cerrar la ventana
antes de que la policía aparezca.
––Desde luego, parece factible.
––Bien, lo tomaremos como hipótesis de trabajo, a falta de otra mejor. Como ya le he
dicho, detuvieron a Boone ylo llevaron a comisaría, pero no se le pudo encontrar ningún
antecedente delictivo. Se sabía desde hacía muchos años que era mendigo profesional,
pero parece que llevaba una vida bastante tranquila e inocente. Así están las cosas por el
momento, y nos hallamos tan lejos como al principio de la solución de las cuestiones
pendientes: qué hacía Neville St. Clair en el fumadero de opio, qué le sucedió allí, dónde
está ahora y qué tiene que ver Hugh Boone con su desaparición. Confieso que no
recuerdo en toda mi experiencia un caso que pareciera tan sencillo a primera vista y que,
sin embargo, presentara tantas dificultades.
Mientras Sherlock Holmes iba exponiendo los detalles de esta singular serie de
acontecimientos, rodábamos a toda velocidad por las afueras de la gran ciudad, hasta que
dejamos atrás las últimas casas desperdigadas y seguimos avanzando con un seto rural a
cada lado del camino. Pero cuando terminó, pasábamos entre dos pueblecitos de casas
dispersas, en cuyas ventanas aún brillaban unas cuantas luces.
––Estamos a las afueras de Lee ––dijo mi compañero––. En esta breve carrera hemos
pisado tres condados ingleses, partiendo de Middlesex, pasando de refilón por
Surreyyterminando en Kent. ¿Ve aquella luz entre los árboles? Es Los Cedros, y detrás de
la lámpara está sentada una mujer cuyos ansiosos oídos han captado ya, sin duda alguna,
el ruido de los cascos de nuestro caballo.
––Pero ¿por qué no lleva usted el caso desde Baker Street?
––Porque hay mucho que investigar aquí. La señora St. Clair ha tenido la amabilidad de
poner dos habitaciones a mi disposición, y puede usted tener la seguridad de que dará la
bienvenida a mi amigo y compañero. Me espanta tener que verla, Watson, sin traer
noticias de su marido. En fin, aquí estamos. ¡So, caballo, soo!
Nos habíamos detenido frente a una gran mansión con terreno propio. Un mozo de
cuadras había corrido a hacerse cargo del caballo y, tras descender del coche, seguí a
Holmes por un estrecho y ondulante sendero de grava que llevaba a la casa. Cuando ya
estábamos cerca, se abrió la puerta y una mujer menuda y rubia apareció en el marco,
vestida con una especie de mousseline––de––soie, con apliques de gasa rosa y esponjosa