ominosas manchas de sangre en la ventana daban pocas esperanzas de que hubiera
podido salvarse a nado, porque la marea estaba en su punto más alto en el momento de la
tragedia.
»Y ahora, hablemos de los maleantes que parecen directamente implicados en el
asunto. Sabemos que el marinero es un tipo de pésimos antecedentes, pero, según el
relato de la señora St. Clair, se encontraba al pie de la escalera a los pocos segundos de la
desaparición de su marido, por lo que dificilmente puede haber desempeñado más que un
papel secundario en el crimen. Se defendió alegando absoluta ignorancia, insistiendo en
que él no sabía nada de las actividades de Hugh Boone, su inquilino, y que no podía
explicar de ningún modo la presencia de las ropas del caballero desaparecido.
»Esto es lo que hay respecto al marinero. Pasemos ahora al siniestro inválido que vive
en la segunda planta del fumadero de opio y que, sin duda, fue el último ser humano que
puso sus ojos en el señor St. Clair. Se llama Hugh Boone, y todo el que va mucho por la
City conoce su repugnante cara. Es mendigo profesional, aunque para burlar los
reglamentos policiales finge vender cerillas. Puede que se haya fijado usted en que,
bajando un poco por Threadneedle Street, en la acera izquierda, hay un pequeño recodo
en la pared. Allí es donde se instala cada día ese engendro, con las piernas cruzadas y su
pequeño surtido de cerillas en el regazo. Ofrece un espectáculo tan lamentable que
provoca una pequeña lluvia de caridad sobre la grasienta gorra de cuero que coloca en la
acera delante de él. Más de una vez lo he estado observando, sin tener ni idea de que
llegaría a relacionarme profesionalmente con él, y me ha sorprendido lo mucho que
recoge en poco tiempo. Tenga en cuenta que su aspecto es tan llamativo que nadie puede
pasar a su lado sin fijarse en él. Una mata de cabello anaranjado, un rostro pálido y desfigurado
por una horrible cicatriz que, al contraerse, ha retorcido el borde de su labio
superior, una barbilla de bulldog y un par de ojos oscuros y muy penetrantes, que
contrastan extraordinariamente con el color de su pelo, todo ello le hace destacar de entre
la masa vulgar de pedigüeños: También destaca por su ingenio, pues siempre tiene a
mano una respuesta para cualquier pulla que puedan dirigirle los transeúntes. Éste es el
hombre que, según acabamos de saber, vive en lo alto del fumadero de opio y fue la
última persona que vio al caballero que andamos buscando.
––¡Pero es un inválido! ––dije––. ¿Qué podría haber hecho él solo contra un hombre en
la flor de la vida?
––Es inválido en el sentido de que cojea al andar; pero en otros aspectos, parece tratarse
de un hombre fuerte y bien alimentado. Sin duda, Watson, su experiencia médica le habrá
enseñado que la debilidad en un miembro se compensa a menudo con una fortaleza
excepcional en los demás.
––Por favor, continúe con su relato.
––La señora St. Clair se había desmayado al ver la sangre en la ventana, y la policía la
llevó en coche a su casa, ya que su presencia no podía ayudarles en las investigaciones.
El inspector Barton, que estaba a cargo del caso, examinó muy detenidamente el local,
sin encontrar nada que arrojara alguna luz sobre el misterio. Se cometió un error al no
detener inmediatamente a Boone, ya que así dispuso de unos minutos para comunicarse
con su compinche el marinero, pero pronto se puso remedio a esta equivocación y Boone
fue detenido y registrado, sin que se encontrara nada que pudiera incriminarle. Es cierto
que había manchas de sangre en la manga derecha de su camisa, pero enseñó su dedo
índice, que tenía un corte cerca de la uña, y explicó que la sangre procedía de allí,
añadiendo que poco antes había estado asomado a la ventana y que las manchas
observadas allí procedían, sin duda, de la misma fuente. Negó hasta la saciedad haber
visto en su vida al señor Neville St. Clair, y juró que la presencia de las ropas en su
habitación resultaba tan misteriosa para él como para la policía. En cuanto a la
declaración de la señora St. Clair, que afirmaba haber visto a su marido en la ventana,
alegó que estaría loca o lo habría soñado. Se lo llevaron a comisaría entre ruidosas
protestas, mientras el inspector se quedaba en la casa, con la esperanza de que la bajamar
aportara alguna nueva pista.