»El lunes pasado, el señor Neville St. Clair vino a Londres bastante más temprano que
de costumbre, comentando antes de salir que tenía que realizar dos importantes gestiones,
y que al volver le traería al niño pequeño un juego de construcciones. Ahora bien, por
pura casualidad, su esposa recibió un telegrama ese mismo lunes, muy poco después de
marcharse él, comunicándole que había llegado un paquetito muy valioso que ella estaba
esperando, y que podía recogerlo en las oficinas de la Compañía Naviera Aberdeen. Pues
bien, si conoce usted Londres, sabrá que las oficinas de esta compañía están en Fresno
Street, que hace esquina con Upper Swandam Lane, donde me ha encontrado usted esta
noche. La señora St. Clair almorzó, se fue a Londres, hizo algunas compras, pasó por la
oficina de la compañía, recogió su paquete, y exactamente a las cuatro treinta y cinco iba
caminando por Swandam Lane camino de la estación. ¿Me sigue hasta ahora?
––Está muy claro.
––Quizá recuerde usted que el lunes hizo muchísimo calor, y la señora St. Clair iba
andando despacio, mirando por todas partes con la esperanza de ver un coche de alquiler,
porque no le gustaba el barrio en el que se encontraba. Mientras bajaba de esta manera
por Swandam Lane, oyó de repente un grito o una exclamación y se quedó helada de
espanto al ver a su marido mirándola desde la ventana de un segundo piso y, según le
pareció a ella, llamándola con gestos. La ventana estaba abierta y pudo verle
perfectamente la cara, que según ella parecía terriblemente agitada. Le hizo gestos frenéticos
con las manos y después desapareció de la ventana tan repentinamente que a la
mujer le pareció que alguna fuerza irresistible había tirado de él por detrás. Un detalle
curioso que llamó su femenina atención fue que, aunque llevaba puesta una especie de
chaqueta oscura, como la que vestía al salir de casa, no tenía cuello ni corbata.
»Convencida de que algo malo le sucedía, bajó corriendo los escalones ––pues la casa
no era otra que el fumadero de opio en el que usted me ha encontrado–– y tras atravesar a
toda velocidad la sala delantera, intentó subir por las escaleras que llevan al primer piso.
Pero al pie de las escaleras le salió al paso ese granuja de marinero del que le he hablado,
que la obligó a retroceder y, con la ayuda de un danés que le sirve de asistente, la echó a
la calle a empujones. Presa de los temores y dudas más enloquecedores, corrió calle abajo
y, por una rara y afortunada casualidad, se encontró en Fresno Street con varios policías y
un inspector que se dirigían a sus puestos de servicio. El inspector y dos hombres la
acompañaron de vuelta al fumadero y, a pesar de la pertinaz resistencia del propietario, se
abrieron paso hasta la habitación en la que St. Clair fue visto por última vez. No había ni
rastro de él. De hecho, no encontraron a nadie en todo el piso, con excepción de un
inválido decrépito de aspecto repugnante. Tanto él como el propietario juraron
insistentemente que en toda la tarde no había entrado nadie en aquella habitación. Su
negativa era tan firme que el inspector empezó a tener dudas, y casi había llegado a creer
que la señora St. Clair había visto visiones cuando ésta se abalanzó con un grito sobre
una cajita de madera que había en la mesa y levantó la tapa violentamente, dejando caer
una cascada de ladrillos de juguete. Era el regalo que él había prometido llevarle a suhijo.
»Este descubrimiento, y la evidente confusión que demostró el inválido, convencieron
al inspector de que se trataba de un asunto grave. Se registraron minuciosamente las
habitaciones, y todos los resultados parecían indicar un crimen abominable. La habitación
delantera estaba amueblada con sencillez como sala de estar, y comunicaba con un pequeño
dormitorio que da a la parte posterior de uno de los muelles. Entre el muelle y el
dormitorio hay una estrecha franja que queda en seco durante la marea baja, pero que durante
la marea alta queda cubierta por metro y medio de agua, por lo menos. La ventana
del dormitorio es bastante ancha y se abre desde abajo. Al inspeccionarla, se encontraron
manchas de sangre en el alféizar, y también en el suelo de madera se veían varias gotas
dispersas. Tiradas detrás de una cortina en la habitación delantera, se encontraron todas
las ropas del señor Neville St. Clair, a excepción de su chaqueta: sus zapatos, sus
calcetines, su sombrero y su reloj... todo estaba allí. No se veían señales de violencia en
ninguna de las prendas, ni se encontró ningún otro rastro del señor St. Clair. Al parecer,
tenían que haberlo sacado por la ventana, ya que no se pudo encontrar otra salida, y las