––Si puedo ser de alguna utilidad...
––Oh, un camarada de confianza siempre resulta útil. Y un cronista, más aún. Mi
habitación de Los Cedros tiene dos camas.
––¿Los Cedros?
––Sí, así se llama la casa del señor St. Clair. Me estoy alojando allí mientras llevo a
cabo la investigación.
––¿Y dónde está?
––En Kent, cerca de Lee. Tenemos por delante un trayecto de siete millas.
––Pero estoy completamente a oscuras.
––Naturalmente. Pero en seguida va a enterarse de todo. ¡Suba aquí! Muy bien, John,
ya no le necesitaremos. Aquí tiene media corona. Venga a buscarme mañana a eso de las
once. Suelte las riendas y hasta mañana.
Tocó al caballo con el látigo y salimos disparados a través de la interminable sucesión
de calles sombrías y desiertas, que poco a poco se fueron ensanchando hasta que
cruzamos a toda velocidad un amplio puente con balaustrada, mientras las turbias aguas
del río se deslizaban perezosamente por debajo. Al otro lado nos encontramos otra
extensa desolación de ladrillo y cemento envuelta en un completo silencio, roto tan sólo
por las pisadas fuertes y acompasadas de un policía o por los gritos y canciones de algún
grupillo rezagado de juerguistas. Una oscura cortina se deslizaba lentamente a través del
cielo, y una o dos estrellas brillaban débilmente entre las rendijas de las nubes. Holmes
conducía en silencio, con la cabeza caída sobre el pecho y toda la apariencia de
encontrarse sumido en sus pen 6֖V